Anny Modi tenía 17 años y vivía en un país en guerra cuando se dio cuenta de que estaba embarazada de tres meses: “No tenía información, desconocía mi propio cuerpo y además el contexto era el de un conflicto en el que no había recursos”, explica Modi, ahora de 34 años. Como millones de personas en Congo, la adolescente se vio atrapada en los dos conflictos sucesivos que sacudieron su país con la implicación de países como Ruanda y Uganda, entre otros, desde mediados de los noventa hasta 2003 cuando, oficialmente, la guerra acabó. Sólo oficialmente, pues aún hoy siguen activos setenta grupos armados en el este de la República Democrática del Congo, según el Grupo de Estudios sobre ese país de la Universidad de Nueva York. En ese conflicto cuyos rescoldos aún siguen vivos, murieron -sólo entre 1998 y 2007- 5,4 millones de personas, de acuerdo con datos de la ONG International Rescue Committee (IRC).

En ese infierno el mero hecho de tener unos rasgos diferentes podía llevar a la muerte o la deportación. Cuando Modi tenía 14 años, los militares la tomaron por ruandesa y estuvieron a punto de deportarla a ese país. Sólo cuando gritó en lingala -una lengua que se habla en el oeste del Congo pero no en el este y mucho menos en Ruanda- los militares creyeron que de verdad había nacido en Buta, en la región congoleña de Bas-Uele. Todo por su nariz “nilótica”, más estrecha que la que de los mayoritarios bantúes y que muchas veces caracteriza a los tutsis ruandeses.

Con su embarazo, la adolescente se convirtió en un “mal ejemplo” –recuerda- para sus hermanas y primas más jóvenes. La “vergüenza” que representaba su embarazo a ojos de su familia la obligó a irse de casa y vivir con amigos hasta que nació su hija, cuando su familia le permitió volver con su bebé. Para entonces, ya había aprendido a ganarse la vida haciendo las trenzas que adornan muchos peinados africanos. A la dificultad de ser “una niña que ha tenido a otra niña”-dice- se sumaba la violencia, la guerra y el exilio al que toda su familia tuvo que partir. Modi se convirtió así en refugiada y pasó por diversos países antes de poder volver a estudiar e ir a la universidad en Sudáfrica.

“Mi activismo partió de mi experiencia personal y de una promesa que me hice durante la guerra. Entonces prometí que si salía viva de esa situación, sería la voz de los sin voz. Me dije ‘voy a hablar por las personas que puedan encontrarse en mi situación’. Mi experiencia fue muy difícil porque tenía que ganar dinero para cubrir las necesidades de mi hija y las mías. Pero siendo una madre soltera, que aún hoy soy, me digo que es necesario crear un mundo mejor. Esa idea me da mucha fuerza e intento hacer las cosas de forma que mi hija no tenga que pasar por lo que yo he pasado. Lo hago no sólo por ella sino por las demás jóvenes: decenas, centenares de chicas. Lucho por la participación de la mujer joven, por amplificar su voz para que los problemas que son propios a las madres solteras como yo sean tenidos en cuenta siempre que se discutan los derechos de la mujer; se trate de cuestiones ligadas a la salud sexual y reproductiva, o bien cuestiones de paz y seguridad, porque, si no hay paz, las primeras mujeres expuestas son las madres solteras”.

Cumplir una promesa

Modi cumplió su promesa. En 2011 volvió del exilio en Sudáfrica, se estableció en Congo y fundó la ONG AFIA-MAMA, que lucha por los derechos de las adolescentes y jóvenes congoleñas con especial acento en su empoderamiento, el apoyo a las madres solteras adolescentes y la prevención de los embarazos no deseados. En Kinshasa, según la ONG Médecins du Monde (Médicos del Mundo Francia), una de cada dos gestaciones no han sido buscadas y, para colmo, las adolescentes tienen prohibido el acceso a la anticoncepción hasta alcanzar la mayoría de edad. La organización también intenta abrir el debate sobre el derecho al aborto -sólo permitido si la vida de la madre peligra, incluso en caso de violación- y aboga activamente en contra de una de las causas principales de los embarazos tempranos: el matrimonio precoz.

La ong de Modi se bate también para eliminar la desigualdad legal que aún hoy sufre la mujer en Congo. AFIA-MAMA ha sido una de las organizaciones femeninas que han presionado y finalmente logrado que se reformara el código de familia de su país. Hasta la reforma, esta ley, que regula aspectos como el matrimonio y la custodia de los hijos, consagraba la inferioridad legal de la mujer con respecto al hombre y, en la práctica, la convertía en una menor de edad de por vida al sancionar, por ejemplo, la necesidad de la autorización del marido para que la mujer concluyera cualquier acto jurídico, como abrir una simple cuenta bancaria. La norma, que aún no ha entrado en vigor, recogía otras disposiciones discriminatorias como una edad mínima para contraer matrimonio menor para la mujer, lo que normalizaba los matrimonios de niñas.

El tabú de la regla

Anny Modi llega corriendo a la Casa Comunal de Kisenso, un barrio deprimido y enclavado de Kinshasa, plagado de chabolas, donde ni siquiera el vetusto transporte público de la capital congoleña llega. En una sala, medio centenar de adolescentes entre 12 y 19 años esperan sentadas en bancos que empiece la charla sobre la menstruación que AFIA MAMA ha organizado hoy para que las jóvenes conozcan mejor su cuerpo y cómo funciona la reproducción humana. Al final del acto cada participante recibirá un paquete de compresas, un artículo caro y fuera del alcance de muchas niñas congoleñas que, a menudo, faltan a clase por causas relacionadas con el período menstrual como, por ejemplo, la de no disponer de productos higiénicos adecuados.

Como muchas jóvenes de este país, las niñas son tímidas y apenas se atreven a hablar de la regla, una función fisiológica aún rodeada de un fuerte tabú en Congo. Este retraimiento es una de las manifestaciones-explican luego Modi y sus colaboradoras- de un contexto cultural en el que a las jóvenes no se las incita a ser autónomas sino que se les inculcan valores como la obediencia y la sumisión con un único objetivo: que se conviertan en “amas de casa, esposas y madres”. Una de las adolescentes que asiste a la charla está embarazada; otra lleva ya un bebé en los brazos.

“A veces, aquí en Congo, la joven se convierte en una mercancía a causa de la dote. El matrimonio se ha convertido en una transacción de la chica de una familia a otra. La dote no es ya simbólica como era antes, sino que consiste en sumas exorbitantes. Por eso la joven se siente como si fuese una mercancía, un patrimonio de alguien, y eso impide su desarrollo personal”, asevera la activista.

En un contexto de pobreza extrema en el que liberarse de una boca que alimentar ayuda a las familias a salir adelante, esta “transacción” a menudo se produce de forma muy precoz a los 14 o 15 años o incluso antes. Y así, expuesta de manera temprana a unas relaciones sexuales de las que sabe poco o nada; sin apenas acceso a una contracepción que a menudo los maridos rechazan-tener muchos hijos sigue siendo visto como una riqueza en Congo-, la joven queda enseguida embarazada y pronto se convierte en madre de una prole numerosa, lo que merma su autonomía y perpetúa el círculo vicioso de la feminización de la pobreza.

El papel de las mujeres en la paz

El empoderamiento de las jóvenes en Congo es especialmente importante en su país, asevera la presidenta de AFIA MAMA, pues las mujeres-el 52% de la población congoleña- tienen un papel “muy importante” en la difícil consecución de la paz: “Yo siempre me pregunto cuántos señores de la guerra hay que sean mujeres. Y la respuesta es ninguna: la mujer no participa en la creación del conflicto. En mi país, la mujer ha sido victimizada demasiado tiempo y lo que debe hacer es abandonar el papel de víctima y asumir un rol de actora”. Y para ello, para acabar con la violencia contra la mujer-sobre todo la sexual, tan extendida en Congo- Modi recalca que la solución es que la violencia deje de salir gratis, que la Justicia empiece a funcionar “de manera eficaz” y “que la impunidad toque a su fin en Congo”.

Anny Modi tenía 17 años y vivía en un país en guerra cuando se dio cuenta de que estaba embarazada de tres meses: “No tenía información, desconocía mi propio cuerpo y además el contexto era el de un conflicto en el que no había recursos”, explica Modi, ahora de 34 años. Como millones de personas en Congo, la adolescente se vio atrapada en los dos conflictos sucesivos que sacudieron su país con la implicación de países como Ruanda y Uganda, entre otros, desde mediados de los noventa hasta 2003 cuando, oficialmente, la guerra acabó. Sólo oficialmente, pues aún hoy siguen activos setenta grupos armados en el este de la República Democrática del Congo, según el Grupo de Estudios sobre ese país de la Universidad de Nueva York. En ese conflicto cuyos rescoldos aún siguen vivos, murieron -sólo entre 1998 y 2007- 5,4 millones de personas, de acuerdo con datos de la ONG International Rescue Committee (IRC).

En ese infierno el mero hecho de tener unos rasgos diferentes podía llevar a la muerte o la deportación. Cuando Modi tenía 14 años, los militares la tomaron por ruandesa y estuvieron a punto de deportarla a ese país. Sólo cuando gritó en lingala -una lengua que se habla en el oeste del Congo pero no en el este y mucho menos en Ruanda- los militares creyeron que de verdad había nacido en Buta, en la región congoleña de Bas-Uele. Todo por su nariz “nilótica”, más estrecha que la que de los mayoritarios bantúes y que muchas veces caracteriza a los tutsis ruandeses.

Con su embarazo, la adolescente se convirtió en un “mal ejemplo” –recuerda- para sus hermanas y primas más jóvenes. La “vergüenza” que representaba su embarazo a ojos de su familia la obligó a irse de casa y vivir con amigos hasta que nació su hija, cuando su familia le permitió volver con su bebé. Para entonces, ya había aprendido a ganarse la vida haciendo las trenzas que adornan muchos peinados africanos. A la dificultad de ser “una niña que ha tenido a otra niña”-dice- se sumaba la violencia, la guerra y el exilio al que toda su familia tuvo que partir. Modi se convirtió así en refugiada y pasó por diversos países antes de poder volver a estudiar e ir a la universidad en Sudáfrica.

“Mi activismo partió de mi experiencia personal y de una promesa que me hice durante la guerra. Entonces prometí que si salía viva de esa situación, sería la voz de los sin voz. Me dije ‘voy a hablar por las personas que puedan encontrarse en mi situación’. Mi experiencia fue muy difícil porque tenía que ganar dinero para cubrir las necesidades de mi hija y las mías. Pero siendo una madre soltera, que aún hoy soy, me digo que es necesario crear un mundo mejor. Esa idea me da mucha fuerza e intento hacer las cosas de forma que mi hija no tenga que pasar por lo que yo he pasado. Lo hago no sólo por ella sino por las demás jóvenes: decenas, centenares de chicas. Lucho por la participación de la mujer joven, por amplificar su voz para que los problemas que son propios a las madres solteras como yo sean tenidos en cuenta siempre que se discutan los derechos de la mujer; se trate de cuestiones ligadas a la salud sexual y reproductiva, o bien cuestiones de paz y seguridad, porque, si no hay paz, las primeras mujeres expuestas son las madres solteras”.

Cumplir una promesa

Modi cumplió su promesa. En 2011 volvió del exilio en Sudáfrica, se estableció en Congo y fundó la ONG AFIA-MAMA, que lucha por los derechos de las adolescentes y jóvenes congoleñas con especial acento en su empoderamiento, el apoyo a las madres solteras adolescentes y la prevención de los embarazos no deseados. En Kinshasa, según la ONG Médecins du Monde (Médicos del Mundo Francia), una de cada dos gestaciones no han sido buscadas y, para colmo, las adolescentes tienen prohibido el acceso a la anticoncepción hasta alcanzar la mayoría de edad. La organización también intenta abrir el debate sobre el derecho al aborto -sólo permitido si la vida de la madre peligra, incluso en caso de violación- y aboga activamente en contra de una de las causas principales de los embarazos tempranos: el matrimonio precoz.

La ong de Modi se bate también para eliminar la desigualdad legal que aún hoy sufre la mujer en Congo. AFIA-MAMA ha sido una de las organizaciones femeninas que han presionado y finalmente logrado que se reformara el código de familia de su país. Hasta la reforma, esta ley, que regula aspectos como el matrimonio y la custodia de los hijos, consagraba la inferioridad legal de la mujer con respecto al hombre y, en la práctica, la convertía en una menor de edad de por vida al sancionar, por ejemplo, la necesidad de la autorización del marido para que la mujer concluyera cualquier acto jurídico, como abrir una simple cuenta bancaria. La norma, que aún no ha entrado en vigor, recogía otras disposiciones discriminatorias como una edad mínima para contraer matrimonio menor para la mujer, lo que normalizaba los matrimonios de niñas.

El tabú de la regla

Anny Modi llega corriendo a la Casa Comunal de Kisenso, un barrio deprimido y enclavado de Kinshasa, plagado de chabolas, donde ni siquiera el vetusto transporte público de la capital congoleña llega. En una sala, medio centenar de adolescentes entre 12 y 19 años esperan sentadas en bancos que empiece la charla sobre la menstruación que AFIA MAMA ha organizado hoy para que las jóvenes conozcan mejor su cuerpo y cómo funciona la reproducción humana. Al final del acto cada participante recibirá un paquete de compresas, un artículo caro y fuera del alcance de muchas niñas congoleñas que, a menudo, faltan a clase por causas relacionadas con el período menstrual como, por ejemplo, la de no disponer de productos higiénicos adecuados.

Como muchas jóvenes de este país, las niñas son tímidas y apenas se atreven a hablar de la regla, una función fisiológica aún rodeada de un fuerte tabú en Congo. Este retraimiento es una de las manifestaciones-explican luego Modi y sus colaboradoras- de un contexto cultural en el que a las jóvenes no se las incita a ser autónomas sino que se les inculcan valores como la obediencia y la sumisión con un único objetivo: que se conviertan en “amas de casa, esposas y madres”. Una de las adolescentes que asiste a la charla está embarazada; otra lleva ya un bebé en los brazos.

“A veces, aquí en Congo, la joven se convierte en una mercancía a causa de la dote. El matrimonio se ha convertido en una transacción de la chica de una familia a otra. La dote no es ya simbólica como era antes, sino que consiste en sumas exorbitantes. Por eso la joven se siente como si fuese una mercancía, un patrimonio de alguien, y eso impide su desarrollo personal”, asevera la activista.

En un contexto de pobreza extrema en el que liberarse de una boca que alimentar ayuda a las familias a salir adelante, esta “transacción” a menudo se produce de forma muy precoz a los 14 o 15 años o incluso antes. Y así, expuesta de manera temprana a unas relaciones sexuales de las que sabe poco o nada; sin apenas acceso a una contracepción que a menudo los maridos rechazan-tener muchos hijos sigue siendo visto como una riqueza en Congo-, la joven queda enseguida embarazada y pronto se convierte en madre de una prole numerosa, lo que merma su autonomía y perpetúa el círculo vicioso de la feminización de la pobreza.

El papel de las mujeres en la paz

El empoderamiento de las jóvenes en Congo es especialmente importante en su país, asevera la presidenta de AFIA MAMA, pues las mujeres-el 52% de la población congoleña- tienen un papel “muy importante” en la difícil consecución de la paz: “Yo siempre me pregunto cuántos señores de la guerra hay que sean mujeres. Y la respuesta es ninguna: la mujer no participa en la creación del conflicto. En mi país, la mujer ha sido victimizada demasiado tiempo y lo que debe hacer es abandonar el papel de víctima y asumir un rol de actora”. Y para ello, para acabar con la violencia contra la mujer-sobre todo la sexual, tan extendida en Congo- Modi recalca que la solución es que la violencia deje de salir gratis, que la Justicia empiece a funcionar “de manera eficaz” y “que la impunidad toque a su fin en Congo”.

 

Belinda Luntadila Nzuzi, abogada y ponente de la única institución oficial congoleña que roza la paridad-la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH)- es una mujer amable, de voz profunda, pero su discurso adquiere vehemencia cuando se le pregunta por esa frase lapidaria sobre Congo que se atribuye a Margot Wallström, que en 2010 era la enviada especial de la ONU sobre violencia contra mujeres y niños en situación de conflicto: “Congo es la capital mundial de la violación”. Porque para Luntadila, que lleva luchando por la emancipación de la mujer desde su juventud-ahora tiene 42 años-, este tipo de sentencias “estigmatizan” a las mujeres de su país y no reconocen “la innegable reducción de casos de violencia sexual que, a la luz de las estadísticas”, ha conocido el país en los últimos años.

Esta abogada del Colegio profesional de Kinshasa-Matete participó en la elaboración de la ley contra la violencia sexual en Congo aprobada en 2006 y, diez años después, sigue promoviendo campañas para que todos sepan que este tipo de violencia “destruye” a quienes la sufren y a las sociedades en las que se practica.

“Durante el conflicto armado en Congo, [que acabó oficialmente en 2003], la violencia sexual fue utilizada como arma de guerra, pero hoy en día, gracias a todas las campañas de sensibilización y las restricciones impuestas por la comunidad internacional, las Naciones unidas, la comunidad nacional, los pueblos autóctonos, etc. hay una disminución de los casos. El combate continúa; no sólo hay que aplaudir que haya menos casos sino ir hasta el final y detener ese tipo de violencia: las campañas de vulgarización y sensibilización deben proseguir”, recalca la abogada.

Los últimos datos de Naciones Unidas le dan la razón. La violencia sexual en Congo sigue siendo una plaga, pero su extensión parece menor, al menos a la luz de unas cifras que obviamente no recogen todos los abusos sexuales que sufren las mujeres de este país, en el que muchas víctimas callan, por miedo o por desconocimiento. De acuerdo con el informe de 2014 de Zainab Bangula, representante especial de la ONU para las violencias sexuales en período de conflicto, la República Democrática del Congo pasó de 15.000 casos registrados de violencia sexual en 2013 a 10.882 casos en 2014, lo que representa una disminución del 33%.

Este “progreso” se debe también a “la lucha contra la impunidad” de los autores de este tipo de delito, recalca la abogada: “Hoy en día, las mujeres víctimas de violencia sexual, incluso los hombres, denuncian. Cuando vas a las sedes de los tribunales, ves que hay más juicios que antes contra los autores de violencia sexual y, por lo tanto, la impunidad ha disminuido. Todavía hay camino por hacer pero ya no es como antes. Muchas instituciones, muchas estructuras, muchas ONG militan en esta causa y gracias a ello estamos teniendo resultados. La Comisión Nacional de Derechos Humanos (…) tiene como línea maestra la lucha contra las violencias sexuales y la impunidad. Hay que castigar para que los culpables se digan ‘Sea yo quien sea, en uniforme o de paisano, seré castigado”.

“Los esfuerzos de las mujeres congoleñas tienen que ser reconocidos, incluso los de las autoridades y otros organismos que trabajan con nosotros. Cuando oímos decir cosas como que Congo es la capital mundial de la violación, consideramos que hay una amplificación del fenómeno”, recalca la letrada.

Esa “amplificación” resulta “frustrante” para las activistas por los derechos de la mujer en Congo que, pese a sus esfuerzos, siguen escuchando desde hace años la frase citada, o bien que el suyo es “el peor país del mundo para ser mujer”. La letrada considera que esas afirmaciones constituyen “una nueva violencia”, “una nueva utilización del cuerpo de las mujeres” y recalca: “Las mujeres congoleñas no queremos ser víctimas eternamente. Nosotras nos decimos que estamos luchando para dejar atrás todo eso [la violencia sexual] y que la evolución es significativa”.

“Si queréis ayudar a las mujeres congoleñas a triunfar [contra la violencia sexual] hay que reconocer nuestros esfuerzos, porque cuando se reconocen los esfuerzos se sale de una cierta dependencia. Si nos dicen ‘Todo lo que habéis hecho para vosotros es un éxito, pero para nosotros no es nada y continuáis siendo la capital mundial de la violación’ no se hará sino desvirtuar la realidad e informar mal a la comunidad internacional”, recomienda la ponente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos de Congo.

El problema del acceso a la Justicia

Belinda Luntadila llegó a la lucha por los derechos de la mujer a través de un inicial compromiso juvenil con los derechos de la infancia. Su trabajo en ese campo, ya antes de empezar a estudiar Derecho en la Universidad Protestante del Congo, le hizo llegar a la conclusión de que la vulnerabilidad de los niños en dificultad tenía muchas veces un origen claro: la violación de los derechos de sus madres.

La entonces abogada en ciernes se rindió a la evidencia de que las mujeres congoleñas, sobre todo las que criaban solas a sus hijos, sufrían abusos de todo tipo que repercutían en las condiciones de vida de sus vástagos, por ejemplo, las viudas que habían sido despojadas de sus bienes por la familia del marido y “se veían en la calle”. Luntadila asumió así que la falta de autonomía económica y social de la mujer arrastraba a menudo a las familias a una situación de indefensión total. La constatación de que la fragilidad de la mujer impedía a muchas madres ofrecerse un futuro a ellas mismas y a sus hijos convenció a esta abogada de que su activismo y sus esfuerzos debían orientarse a dar poder a las mujeres de su país y a protegerlas de los abusos.

“La condición de la mujer en Congo ha evolucionado, sobre todo en las grandes ciudades, pero en el interior todavía hay muchos problemas que se plantean: por ejemplo, la cuestión del matrimonio precoz, del matrimonio forzado o casos de incesto que se silencian. En los institutos, cuando una adolescente se queda embarazada no puede seguir estudiando porque es considerada un mal ejemplo para las otras chicas, mientras que quizás en la misma escuela, que es mixta, el chico que la ha dejado encinta puede seguir estudiando, al contrario que la chica que resulta penalizada”, deplora la abogada.

Las congoleñas se enfrentan además al problema que representa el acceso a la justicia, no sólo por cuestiones económicas -la Justicia es “cara”, admite la jurista- sino también sociales y culturales. En la sociedad congoleña, sobre todo en las zonas rurales, se supone que las mujeres no deben hablar, “no deben expresarse” y “acudir a la Justicia, implica tener el valor de hablar”. Por ello, Luntadila preside una ONG que ella misma fundó, la “Red de los 2 Congos Género y Desarrollo” que, entre otras actividades, lleva a cabo campañas de asesoría jurídica gratuita a las mujeres sin recursos: lo que en Congo se conoce como “clínica jurídica”. La abogada también preside la sección congoleña del Comité interafricano sobre las prácticas tradicionales que afectan a la salud de la mujer y de los niños.

Las “barreras y estereotipos” culturales y sociales repercuten también en la dificultad para la mujer de participar en política, un derecho que “permanece en el centro de la promoción de la mujer y de los derechos humanos en general”, recuerda Luntadila.

“Tanto en el Asamblea Nacional (Cámara Baja) como en el Senado, la presencia femenina es escasa y eso se debe a que la mujer [como electora], duda en dar voz a otras mujeres”. Para esta activista, la necesidad de fomentar esa participación tiene que ver también con la pacificación del país, pues las mujeres y sus hijos “son las primeras víctimas de las guerras” y además, “la mujer tiene una voz no combativa, naturalmente pacífica, que se podría extrapolar a la arena política”.

Luntadila recuerda que las mujeres ya han sido un “grupo de presión” en favor de la paz en Congo. Y cita los acuerdos de Sun City, en 2003, que marcaron el final del conflicto bélico abierto en el país, cuando “las mujeres que participaban en la delegación congoleña, apoyadas por mujeres sudafricanas y de otros países forzaron la firma del acuerdo al levantarse de la mesa de negociación y amenazar con represalias al resto de delegados que se mostraban reticentes a rubricar el pacto”.

Esta abogada y activista es una voz crítica y la cooperación internacional no queda al margen de sus observaciones. Como otros de sus compatriotas, considera que las ONG y los organismos internacionales “no asocian suficientemente” a los congoleños, los beneficiarios que, recuerda, “es necesario que participen” en la elaboración de los proyectos destinados a promover el desarrollo del Congo.

 

 

 

 

La biografía de Caddy Adzuba (Bukavu, Kivu Sur, 1981) se mira en el espejo de la dolorosa historia de su país, Congo, un país cuyas mujeres llevan 20 años padeciendo un calvario que hasta hace poco más de una década transcurría en silencio, en medio del olvido del mundo. Un olvido que empezó a resquebrajarse cuando congoleñas como esta periodista de Radio Okapi, la emisora de Naciones Unidas en la República Democrática del Congo, decidieron combatir una brutalidad contra las mujeres que tenía todos los rasgos de un feminicidio a gran escala. A riesgo de su vida, porque por dar voz a las víctimas de esta plaga, a Caddy Adzuba han intentado asesinarla en varias ocasiones. La trayectoria, el trabajo de denuncia de esta periodista y su activismo en ONG para ayudar a la reinserción social y económica de las supervivientes de violencia sexual la hicieron merecedora del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2014.

El despertar de Caddy al horror que pronto invadió su país fue temprano: la ahora periodista tenía 15 años cuando estalló la guerra en el este de Congo , en 1996-97, y como muchos otros congoleños de la región de los Kivus, de donde es originaria, la adolescente tuvo que huir con su familia con lo puesto para salvar la vida. Aquella niña de 15 años recorrió a pie 500 kilómetros y se convirtió en refugiada. Pronto comprendió que, pese a todo, había tenido suerte, pues al volver a su ciudad, Bukavu, descubrió que muchos de sus amigos ya no estaban: algunos habían desaparecido y probablemente muerto, otros habían sido enrolados por los grupos armados que aún hoy siguen campando en el este del país y otras, algunas de sus amigas, habían sido violadas y se encontraban, a los 15 años, con un bebé en los brazos y sin poder volver al colegio.

En ese momento nació la “indignación” de Caddy y una idea que la acompaña desde entonces, “¿Qué puedo hacer para acabar con esto?”. Su primer proyecto fue hacerse juez para “castigar a los malos”, y estuvo a punto de hacerlo, pues estudió Derecho en la Universidad de Bukay. Sin embargo, su destino era otro pues ya desde adolescente la radio la había enganchado después de participar en un programa elaborado por niños reporteros. Ese medio de comunicación, el más popular en África y el único al que muchos congoleños acceden, le dio, recuerda, la posibilidad de dar voz a quien no la tenía, de convertirse en “portavoz de quien no tenía palabra”: las mujeres y niñas supervivientes de violencia sexual en Congo.

Nadie sabrá nunca cuántas son. Las estadísticas de Naciones Unidas elevan su número al menos a 200.000 desde 1996. Esos son los casos registrados pero cuando se sabe que la mayor parte de las violaciones en Congo no se denuncian, el alcance de este fenómeno adquiere unas proporciones aún más aterradoras. Estas violaciones en Congo han estado en muchas ocasiones acompañadas de actos de una barbarie si cabe aún más inconcebible que la agresión sexual en sí: mujeres asesinadas o con los órganos internos destrozados después de que los criminales les introdujeran cuchillos y ramas de árbol por la vagina; mujeres mutiladas y despedazadas o lactantes que sucumbieron a una violación colectiva. Este horror raramente llega solo para la víctima, pues la agresión sexual a veces implica serias complicaciones como la fístula recto-genital, los embarazos no deseados, enfermedades como el SIDA y, en la inmensa mayoría de los casos, el rechazo de las familias y las parejas, que si llegan a conocer que la mujer o niña ha sido violada, las condenan al ostracismo.

El peso de la vergüenza y el oprobio con el que se castiga doblemente a estas mujeres las fuerza muchas veces a ocultar la agresión, incluso si tienen que renunciar a la asistencia médica y morir por ello. Esta tendencia, que afortunadamente hace tiempo que empezó a disminuir, era casi general cuando Caddy Adzuba empezó a denunciar el fenómeno: “Recuerdo que, en la década de los 2.000, era imposible hablar de violencia sexual; era imposible explicar exactamente lo que pasaba porque las víctimas no eran capaces de contar sus historias a causa de la cultura que [las congoleñas] tenemos que afrontar. En nuestras culturas, las mujeres no pueden hablar, no tienen derecho a hablar a los medios, no tienen derecho a expresarse, sobre todo en lo relativo a un problema tan íntimo como la violencia sexual. Incluso si eras una víctima, no debías contar lo que te pasaba, por lo que era muy difícil tratar a esas personas porque no lograban expresarse, ni ir a un centro de salud a decir ‘Soy una víctima de violencia sexual, ¡ayúdenme!, ¡cúrenme!”. Era complicado y en aquella época asistimos a tasas de mortalidad elevadas entre estas mujeres, que eran víctimas de violencia sexual, pero lo ocultaban y no contaban nada a nadie ni iban al centro de salud”.

Frente a esta tragedia, Caddy Adzuba y otras periodistas crean la Asociación de Mujeres de los Medios [de Comunicación] de Sur Kivu (AFEM), cuyo “objetivo era llegar a romper el silencio y pedir a estas mujeres que hablaran de su situación, que contaran sus historias, que hicieran saber su sufrimiento para que el mundo entero estuviera al corriente de lo que estaba pasando. Con el tiempo, trabajando en ello, conseguimos llevar a estas mujeres a que rompieran su silencio, a que contaran sus problemas, a expresarse y a desvelar todas las atrocidades. Luego nos dimos cuenta de que habíamos hecho un trabajo enorme; fuimos a todos los lados, nos tomamos la pena de hacer reportajes, entrevistas, para convencer a las mujeres de que hablaran y denunciaran. Esto tuvo muchas consecuencias positivas porque al hablar, al denunciar, las mujeres se sentían capaces de ir al hospital para recibir tratamiento y ya no se ocultaban. Aquel fue el principio de un gran camino, el camino de la esperanza, porque hablar es actuar. Cuando hablas, cuando cuentas tu historia, eso te permite acceder fácilmente a un centro de salud, a una curación psicológica y a recibir ayuda. Por ello estoy especialmente orgullosa de haber contribuido a romper ese muro de silencio”.

La periodista subraya que el “objetivo es ayudar a esas mujeres a sanar de sus heridas y volar con sus propias alas” después de haber sufrido “unas violaciones sexuales muy graves que incluso han cambiado su identidad”. Caddy Adzuba cree que la recuperación y el futuro de la mujer congoleña pasa por su “autonomización”. También el porvenir del Congo, pues sostiene que las mujeres han sido tradicionalmente la “principal fuente económica y de estabilidad” para su país, una economía “ahora enferma” porque muchas mujeres, severamente traumatizadas por las atrocidades vividas, “no pueden trabajar ni contribuir” a que el país se ponga de pie.

Con la idea de ayudar a esa mujer marginalizada y golpeada por la adversidad durante 20 años, Caddy Adzuba ha creado una Fundación, “Maman Pélagie”, cuyo objetivo es contribuir a ofrecer autonomía económica y social a las mujeres para que puedan, no sólo salir de la precariedad ellas mismas y sus familias, sino contribuir a “reconstruir la capacidad económica de Congo”. Sobre todo, subraya la periodista y activista, porque “cuando la mujer está en el corazón de la acción, eso le ayuda también a sanar”.

El apoyo de la Fundación Princesa de Asturias

La violencia sexual que vive la mujer congoleña es quizás la cara más terrible de una situación que la ganadora del premio “Príncipe de Asturias” resume con una palabra: marginalización. Una lacra que se traduce en la escasa participación política de la mujer y el hecho de que las mujeres-el 52% de la población- quede a menudo fuera de los procesos de paz, la toma de decisiones y las estrategias de lucha contra la pobreza. Esta marginalización contribuye, junto con otros factores políticos, geoestratégicos y económicos que cita Adzuba, a perpetuar el conflicto en Congo.

“La comunidad internacional no puede venir a Congo a traer la paz. Es imposible; ese rol lo debe desempeñar el gobierno junto con la población congoleña. Las organizaciones de la cooperación internacional nos acompañan; es algo que hay que destacar porque, si lo logramos, no lo lograremos solos, sino con la colaboración de la cooperación internacional. Yo, por ejemplo, en mi fundación, he estado siempre acompañada por la Fundación [Princesa] de Asturias, porque [en Congo] estamos en un proceso de paz, estamos trabajando para que la mujer siga con vida, sea autosuficiente y se convierta en un actor de la paz, pero para eso debemos pensar cómo la mujer puede llegar a ese punto. A esta mujer hay que ayudarla y para ello hace falta el esfuerzo de todos, incluido la cooperación internacional. En mi fundación he conseguido tener el apoyo de la Fundación [Princesa] de Asturias para formar a las mujeres con el fin que sean autosuficientes. La guerra no sólo ha destruido a las mujeres; la guerra ha destruido muchas cosas como el tejido social o, incluso, las infraestructuras que prácticamente ya no existen”, subraya la activista congoleña.

En ese contexto, la vida de la mujer congoleña está plagada de dificultades inimaginables. “El simple hecho de dar a luz se ha convertido en un matadero, porque no hay hospitales, sobre todo en los lugares más lejanos, en los pueblos, no hay infraestructuras viarias ni centros de salud. Imagínese una mujer que ha sido víctima de violencia sexual, ha quedado embarazada y, ahora, para colmo, debe dar a luz en esas condiciones tan complicadas. Por ello era necesario formar matronas para ayudar a esas madres a dar a luz, dado que para ellas llegar al hospital es una carrera de obstáculos. El problema es ¿cómo formamos a esas matronas?, ¿con qué medios con un gobierno que no es capaz de hacerlo y al que hay que dar apoyo para que forme a esas mujeres? Yo planteé ese problema ante la Fundación [Princesa] de Asturias que me ha ayudado a formar a esas matronas para que ayudaran a otras mujeres a dar vida. Es un ejemplo de cómo la cooperación puede acompañar a las mujeres en el terreno con el objetivo de que logren desempeñar su papel como actoras de paz”.

¿Cuál es el mayor deseo y el sueño de esta periodista y activista congoleña? Caddy Adzuba no duda: “Lograr que la mujer congoleña sea autónoma”.

 

 

 

 

El rostro de Kinshasa, una megaurbe de casi once millones de habitantes, ha cambiado gracias a una mujer que dejó a un lado una promesa de estrellato en las pasarelas internacionales por los circuitos electrónicos, la ingeniería industrial y el mundo de la empresa. Thérèse Izay Kirongozi, de 43 años, es la empresaria congoleña coinventora de los robots de tráfico que distinguen el paisaje urbano de la capital del país, unos semáforos con forma humanoide que, reconocen no pocos conductores locales, han aliviado algo el caótico tráfico que caracteriza esta ciudad en la que el tiempo de sus gigantescos atascos se mide en horas más que en minutos.

Un día de 2013, Kirongozi, ingeniera electrónica industrial, decidió que ya estaba bien de obtener sólo indiferencia de las autoridades de su país para instalar lo que ella consideraba un invento vital para ordenar el mastodóntico tráfico de su ciudad y reducir los accidentes. Tras obtener un permiso efímero y de mala gana –sólo de tres días- para probar la invención gestada con “tecnología exclusivamente congoleña” en Women’s Technology, una empresa de su propiedad, la ingeniera y sus colaboradores se plantaron en dos rotondas de la ciudad y para asombro de los “kinois”-los habitantes de Kinshasa- instalaron dos colosos de acero que recordaban a un personaje de cómic japonés.

Los “robot roulage” (robot de tráfico) son en realidad una especie de semáforo con forma humanoide concebido para regular la circulación en cruces con vehículos circulando en distintas direcciones en una ciudad como Kinshasa en la que las escasas señales y luces de tráfico raramente son respetadas. El robot consiste en un androide de acero, de 2,50 metros de altura y 250 kilos de peso, que dispone de una pantalla en el pecho que cambia del rojo al verde-para detener o permitir el paso-, así como en las piernas. El androide, cuyos movimientos imitan a los de un policía de tráfico, dispone también de un tronco móvil que gira y abre y cierra los brazos, también equipados con luces rojas y verdes, para regular la circulación.

Estos colosos de acero, alimentados por energía solar, cuentan con cámaras escondidas tras sus ojos, conectadas con una central de control y vigilancia de la comisaría central de policía de Kinshasa. En teoría, esta central empezará en el futuro a utilizar las imágenes para castigar las innumerables infracciones de tráfico que se cometen en un país donde un número muy importante de conductores se compra el permiso de conducir y se pone al volante sin saber apenas manejar el vehículo ni conocer las normas de circulación. De forma sorprendente, los conductores dan muestras de respetar más a estos robots que a los agentes humanos, una actitud que algunos de ellos achacan a otra ventaja que presentan estos androides: los robots no aceptan sobornos para dar paso a un coche antes de tiempo ni se enfurecen ni golpean con sus porras las carrocerías, comportamientos bastante extendidos entre sus ‘colegas’ humanos.

“Iniciamos el proyecto ‘robot de circulación inteligente’ a causa de dos problemas muy importantes que afectan, no sólo a Congo, sino a diversos países de África que tienen el mismo problema de inseguridad viaria que la República Democrática del Congo. Según el informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 2015, 26 personas mueren cada hora en el continente a causa de los accidentes de circulación, lo que constituye la segunda causa de mortalidad en África. Por ello, se trata de un desafío crucial de salud pública. El segundo problema contra el que queríamos luchar es el de las multas de tráfico. Nos dimos cuenta de que en nuestro país el Estado no logra maximizar los ingresos por multas de tráfico porque el sistema no está muy bien equipado. De ahí que los robots dispongan de cámaras y radares para que el Estado consiga maximizar esos ingresos en relación con las multas de tráfico, como sucede en otros países más desarrollados”, recalca Kirongozi.

Un proyecto rompedor: “Mujeres al volante”

La promotora de estos robots no estaba llamada en su juventud por la senda de los circuitos. Siendo adolescente, gracias a una figura esbelta y una estatura que supera los 1,90 metros, llamó la atención de una agencia suiza de modelos que trató de ficharla y le prometió un brillante futuro en las pasarelas internacionales. Sin embargo, el padre de la futura ingeniera no vio con buenos ojos la propuesta y reaccionó matriculando a la joven, sin que ella lo supiera, en el Instituto Superior de Técnicas Aplicadas (ISTA) de Kinshasa.

Contra todo pronóstico, los cables y los circuitos terminaron por seducir a la exaspirante a modelo, que, a mediados de los noventa, era una de las “dos o tres chicas en medio de cientos de alumnos varones en el ISTA”, recuerda.

Además de su actividad como ingeniera y mujer de negocios-de forma paralela a Women’s Technology, donde emplea a 13 personas, posee una empresa de restauración con su marido- Kirongozi está intentando poner en marcha en Congo un proyecto similar al de la fundación española Mujeres por África, cuyo nombre es “Mujeres al volante”. Este proyecto, ya en marcha en países como Sierra Leona y Liberia, consiste en crear servicios de taxi conducidos y gestionados íntegramente por mujeres.

“El proyecto “Mujeres al volante”, que conocí cuando la Fundación Mujeres me invitó a Madrid, me impresionó mucho, sobre todo porque ya han aplicado ese modelo en Monrovia y otras ciudades africanas y ha funcionado. Entonces les comenté que quería traerlo a mi país, sobre todo a mi ciudad, Kinshasa, una megalópolis de 12 millones de habitantes [oficialmente son algo más de 10]. En Congo, la población es muy joven muchas más chicas que chicos. Es necesario que esas jóvenes accedan mucho más a los puestos de trabajo y para ello deben buscarlo en todos los sectores. Un ejemplo, el porcentaje de mujeres al volante no supera el 1% de los conductores de Kinshasa. En una ciudad de 12 millones de habitantes, donde todo el mundo se desplaza y donde no hay metro ni trenes urbanos, la única forma de moverse es en coche. Por ello, creo que estamos ante una gran oportunidad laboral, y no sólo para un servicio de taxi [femenino]; queremos tener mujeres mecánicas, mujeres que reparen neumáticos. El sector del transporte es toda una industria llena de oportunidades y además las estadísticas dicen que con más mujeres conductoras los accidentes disminuyen”.

Kirongozi no lo tendrá fácil. Como ella misma señala, en Kinshasa apenas se ve a mujeres conduciendo y a ninguna trabajando en los oficios citados por la ingeniera, considerados tradicionalmente masculinos. “La ciencia no tiene tabúes”, replica ella en relación a estos roles de género atribuidos a la mujer en la sociedad congoleña que, reconoce, es “muy conservadora” y mantiene “muchas resistencias” que pesan contra la mujer. La ingeniera deplora luego que “donde se toman las decisiones, el número de mujeres es minoritario y [en Congo] aún estamos buscando una paridad que, de momento, no se ha concretado”.

“El rol de las mujeres en el desarrollo y la paz es vital en Congo. Somos el 60% de la población y, si las mujeres no hacemos nada, el desarrollo del país será imposible”, un desarrollo que esta ingeniera considera que pasa por “la innovación tecnológica” y no “por los recursos naturales, que van a agotarse”.

“El principal problema de los jóvenes africanos es el desempleo”, recalca la mujer a la que en Kinshasa se conoce ya como “Mamá Robot”-un apodo que no le gusta nada-. Y para acabar con esta lacra, reitera, hay que insistir en la innovación y en la promoción de las “start-up” (empresas de reciente creación de perfil innovador) como Women’s Technology, la empresa donde nacieron los colosos de acero que ahora regulan el tráfico de algunas plazas de Kinshasa y de la rica Lubumbashi, la capital de la región minera de Katanga. En un futuro no muy lejano puede que estos robots, que ya han cambiado el paisaje urbano de las dos principales urbes de Congo, se conviertan en señas características de otras ciudades africanas. Kirongozi asegura que otros países, y cita a Burkina Faso, la vecina República del Congo, Costa de Marfil, Guinea Conakry y Guinea Ecuatorial, se han interesado ya por el producto que ofrece su “start-up”.

Mientras estos países concretan o no su interés, y aprovechando el aspecto de los robots y la atracción que ejercen en los niños, Kirongozi tiene un nuevo proyecto: un cómic sobre seguridad viaria cuyos protagonistas serán los robots-cada robot es diferente de los otros y tiene su propio nombre- para enseñar a los niños congoleños cómo tienen que cruzar y que es correcto y que no en la calle y la carretera.

 

 

 

 

Con su excelente formación universitaria -un doble grado de Políticas y Sociología en la Universidad Pontificia de Salamanca, estudios de Economía en Congo y dos másteres- Sylvie Kambau tenía ante sí en España, el país al que llegó como estudiante a los 20 años, un futuro de bienestar. Su alto perfil profesional y su dominio de idiomas le habían permitido acceder a buenos puestos de trabajo en departamentos financieros de diversas multinacionales; su vida en Europa era además la de una persona perfectamente integrada. Sylvie recuerda que, pese a ser “una mujer negra”-dice sin utilizar los eufemismos que a menudo los propios africanos usan para referirse al color de su piel- “no había sufrido episodios de xenofobia ni racismo”, algo que, reconoce, seguramente no es ajeno a su perfil altamente cualificado que hacen que su caso “no sea quizás el más representativo” de los congoleños que viven y trabajan en España, a menudo en condiciones de precariedad extrema.

Sin embargo, hace 2 años, esta profesional de 35 años decidió abandonar el futuro que se había construido en Madrid, la ciudad a la que llegó con una beca de la Fundación Pablo VI, y volver a la República Democrática del Congo con su marido, también congoleño, dejando atrás Europa. La idea que los movió a ambos, asegura, fue la de “devolver parte de lo que había recibido”, “compartir lo aprendido y lo vivido en España” y contribuir “a transformar su entorno” en su país de origen: “Por eso volvimos”, recalca.

“De los doce años pasados en España”, recalca Sylvie, “me quedo con cosas muy positivas que he aprendido; cosas como la cultura del esfuerzo, el no ponerse límites y el saber que hay que esforzarse para conseguir las cosas. Esto estamos inculcando a nuestra gente en la ONG: que hay que esforzarse, que las cosas no caen del cielo, que si quieres algo tienes que luchar por tus ideales y que todo depende de ti mismo”, recalca la activista, antes de detallar los valores de la sociedad congoleña de los que España también puede aprender en su opinión: “El sentido de la solidaridad, los valores familiares, que siguen siendo muy fuertes aquí en el Congo. Es algo que nos llevamos a España y que nos trajimos luego de vuelta. África es solidaridad”.

El proyecto de retorno a su país de origen de esta pareja se tradujo en la creación hace dos años en la capital congoleña, Kinshasa, de una antena local de la ONG que habían cofundado en 2006 en España, Tracaf, acrónimo de Trabajando por el Corazón de África. Desde entonces, esta ONG con sede en Madrid ha centrado sus esfuerzos en el ámbito de la educación, con especial hincapié -señala Sylvie- en la formación de las niñas pues “una de cada tres niñas congoleñas no puede ir a la escuela”. Además, la mujer que a los 16 años “soñaba con ser ministra” aboga por un activismo con perspectiva de género pues, subraya, la mujer es la “que siempre ha tirado del carro en Congo”.

Sentada en los pupitres de madera del colegio “Nuestra Señora de Covadonga” -que Tracaf ha abierto en Kingabwa, uno de los barrios más pobres de Kinshasa- Sylvie explica que la ONG mantiene a su vez en el vecindario una casa de acogida con el mismo nombre para niñas de la calle acusadas de practicar la brujería-con seis niñas internas y otras 12 externas-, un centro de salud donde se dispensa asistencia médica a los niños del colegio pero “también a los habitantes del barrio” y un centro de formación profesional.

Sylvie no vive de su trabajo en la ONG, que es voluntario, sino que compagina la gestión de Tracaf con un empleo como directiva en uno de los mejores hoteles de Kinshasa. “Mi sueldo sirve a veces para ayudar a pagar a los profesores”, asegura, porque “financiar el colegio, la casa de acogida y el resto de actividades de la organización no es fácil”, sobre todo porque muchos padres no pueden pagar los gastos escolares: “En Congo la educación gratuita simplemente no existe. En nuestro colegio los niños pagan unos 200 euros anuales pero a muchos tenemos que becarlos porque sus familias no pueden pagar”, explica la activista.

El colegio es pequeño y modesto. En las calles embarradas del barrio corretean cientos de niños y Tracaf utiliza varias salas de una iglesia cercana como aulas porque las instalaciones de la escuela no dan abasto para albergar a los alumnos inscritos. La media de hijos por mujer en Congo es aún muy alta-cerca de cinco hijos por hogar- y las familias son muy numerosas, sobre todo en barrios como Kingabwa, donde los habitantes no tienen acceso a ningún servicio social ni sanitario público.

La pobreza de las familias-ocho de cada diez congoleños viven aún bajo el umbral de pobreza absoluta de Naciones Unidas, es decir, con menos de 1,25 dólares diarios-, los tabúes culturales y sexuales, así como los roles de género que cargan a las niñas con el trabajo doméstico, hacen que la tasa de escolarización y de abandono escolar de las menores en Congo sea mucho más alta que la de los niños varones.

“Entre los factores que hacen que sólo una de cada tres niñas vaya a la escuela hay que destacar básicamente la pobreza. Cuando tienes cinco o diez niños y no tienes para darles de comer, la educación no es una prioridad y si tienes que elegir entre tus hijos a quién dar educación, obviamente no será a las niñas, pues piensan que las niñas de mayores se casaran y dependerán de otra persona. Por eso nosotros preferimos dar esta oportunidad a las niñas”.

Sobre todo a una categoría especialmente vulnerable de niñas; las que han acabado en la calle después de haber sido acusadas de practicar la brujería. “En la ONG Tracaf hemos puesto el acento en la asistencia a las “niñas brujas” porque es un fenómeno social tremendo en el Congo. Es una bomba de relojería para nuestros niños, para la educación futura del país, y la educación es el futuro de un país, ¿sin ella qué futuro podemos esperar?”, se lamenta la fundadora de Tracaf.

Sylvie explica que “el fenómeno de las niñas brujas viene de la pobreza de las familias, la desestructuración social y también a causa de las iglesias llamadas ‘del Despertar’. En las familias cuando muere uno de los padres, sobre todo la mujer, el cónyuge se vuelve a casar y la nueva esposa no quiere a esos niños (del primer matrimonio). Entonces los echa a la calle y se les acusa de todos los males que puedan suceder a la familia. Si muere un familiar; si un miembro de la familia ha perdido su trabajo, se culpa a estos niños. Son sólo niños, ¿qué han hecho para merecer esto? En Congo, hay mucha creencia en la brujería y encima los pastores de estas iglesias –sectas- “del Despertar” acentúan estas creencias en las familias. La gente reza mucho pero al mismo tiempo cree en la brujería y culpa a estos niños de todos los males. Nosotros recogemos a estas niñas, que han sido abandonadas en la calle a su suerte, expuestas a ser violadas o a entrar en bandas cuyos miembros toman alcohol y drogas”.

Una vez que la ONG ha recogido a las niñas de la calle-en algún caso la niña ha llegado ya embarazada o contagiada de VIH- Tracaf las escolariza en el colegio Nuestra Señora de Covadonga sin que los otros niños conozcan su historia ni que se trata de niñas acusadas de brujería. “Para los otros alumnos, son niñas normales y corrientes”, explica Sylvie.

Escolarizar a estas menores de entre siete y trece años de la casa de acogida de Tracaf es todo un desafío: algunas llegan sin saber siquiera leer ni escribir. En la casa en la que viven, sin carteles ni letreros para evitar que las niñas sean identificadas como supuestas “niñas-brujas”, Sylvie pregunta a las pequeñas si han hecho los deberes. A una de ellas, que está aprendiendo costura, le pide que le enseñe el vestido que le está haciendo a una de sus compañeras más pequeñas. “Estas niñas han sufrido muchísimo”, explica la antigua inmigrante en España, “tanto que ni siquiera pueden contar todo por lo que han pasado, pues rompen a llorar”.

 

 

Llegó a la República Democrática del Congo hace 27 años con la vocación de devolver la dignidad a los más olvidados de la sociedad congoleña: los enfermos mentales, personas sometidas a un estigma que les priva de su condición de enfermos para atribuirles la de brujos o poseídos por espíritus malignos. Desde entonces, la religiosa asturiana Ángela Vicente Gutiérrez Bada (Bores, 1946), ha sido la mano que levanta de su postración a estos enfermos, los rescata de las calles donde muchos son abandonados o los saca de tétricos pabellones psiquiátricos que más merecen el nombre de manicomios.

En las casi tres décadas que sor Ángela lleva en Kinshasa, la capital congoleña, su combate y el de las otras Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, ha sido el de luchar contra la negación de la enfermedad mental en Congo: “Cuando llegamos a Kinshasa (1989), la situación de los enfermos mentales era muy triste: había muchísimos enfermos abandonados en la calle. En el hospital que había entonces incluso los encerraban en jaulas. Nosotras llegamos llamadas por la iglesia para hacer un centro para ellos. En un año compramos una pequeña casa y una parcela y pudimos empezar enseguida a pasar consulta”, explica la religiosa asturiana.

Al pequeño centro que abrió sus puertas en 1991, en el barrio popular de Matete, las religiosas lo bautizaron “Telema”. En lingala, la lengua que se habla en la capital congoleña, “telema” quiere decir “levántate”, “ponte de pie”, una imagen que simboliza el objetivo de devolver su humanidad a estas personas y de restituirlos al seno de unas familias que a menudo los han rechazado a causa de la superstición omnipresente que los considera víctimas de brujería o posesión. Unas supersticiones con las que además se lucran todo tipo de sectas y curanderos que proponen exorcismos a las familias de quienes tienen la desgracia de padecer una enfermedad mental en Congo.

“El enfermo mental es considerado como alguien que atrae algo malo [la desgracia] a la casa y a partir de ahí, todo lo negativo que suceda a la familia se les atribuye. [Los familiares] creen que estos enfermos han tocado algo que no debían tocar y que un mal espíritu ha entrado en ellos. Así, estas personas ya no son consideradas útiles para la familia y no son bienvenidas. A veces, ni siquiera pueden comer al mismo tiempo que sus padres y les dan de comer en la calle. Otras veces, sintiéndose mal acogido, es el propio enfermo el que se marcha y, ¿en las calles que puede encontrar?, un poco de fufú [una pasta hecha con harina de mandioca o maíz, el plato nacional de la región], una bola de maíz o fruta medio podrida que les dan en el mercado.

“Algunos enfermos nos llegan atados, con cadenas en los pies y en las manos. Vienen acompañados por familiares o militares, o a veces con gente del barrio, porque la familia no ha podido con ellos. Llegan muy agitados, sin medicar, y las familias vienen a pedirnos ayuda. Sin medicación no marcha nadie, a todo el mundo se le da medicación al menos para 15 días”.

Cinco lustros después de su inauguración, este centro es aún hoy la única institución especializada en enfermedad mental de Kinshasa -una megaurbe de casi once millones de habitantes- accesible a la población más humilde de este país que sigue sumido en el subdesarrollo- ocupa el puesto 176 de 188 Estados en el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas-, pese a sus enormes recursos naturales: oro, diamantes, cobre, coltán y otros minerales de gran valor. Ocho de cada diez congoleños viven bajo el umbral absoluto de pobreza, con menos de 1,25 dólares (1,14 euros) al día por persona, según el Fondo Monetario Internacional.

En Congo no existe una sanidad pública e incluso en los hospitales de propiedad estatal hay que pagar todo, desde las consultas hasta la última aspirina. Cuando una familia se enfrenta a una enfermedad crónica como puede ser una esquizofrenia, a la superstición que rodea este tipo de dolencia se une la carestía del tratamiento y las medicinas que requieren estos enfermos. Cualquier medicamento en este país es caro; los que requieren estos pacientes mucho más y, además, la mayor parte de la población o bien tiene un salario de miseria-un pequeño funcionario puede ganar 50 euros al mes- o bien subsiste gracias a una agricultura muchas veces de subsistencia y, en zonas urbanas como Kinshasa, del pequeño comercio o de trabajos ocasionales en la economía sumergida.

Medicación y trabajo contra el estigma

Como en el resto de la ciudad, en Matete, donde se encuentra el centro “Telema”, hay gente “que no come todos los días”, recuerda sor Ángela. El muro de la modesta institución se asoma a la autopista que conduce al aeropuerto, una vía por la que los coches pasan a toda velocidad obligando a los enfermos-algunos a hombros de sus familiares- a jugarse la vida para cruzarla. Son las siete y media de la mañana y, al llegar, la religiosa asturiana estrecha la mano de todos los que allí trabajan. Muchos trabajadores son también enfermos mentales, ya bajo tratamiento. Enfermos como Madeleine, que vende comida bajo una sombrilla, y a quien sor Ángela sacó de la calle y ayudó a encontrar a uno de sus dos hijos -un niño- ocho años después de que se los arrebataran por estar enferma. Madeleine tiene también una hija, “una niña que no hemos podido encontrar”, sacude la cabeza con pesar la religiosa asturiana.

Los pacientes ya han empezado a llegar al centro. Un joven escuálido apenas si logra caminar sostenido por un hombre y una mujer. Es epiléptico, explica la religiosa, otra enfermedad que por sus síntomas también es asimilada a una supuesta posesión demoniaca en este país. El chico está tan mal que entra directamente al dispensario, sin esperar su turno como las decenas de personas que esperan para ser atendidas. El personal del centro lo acomoda en una habitación con camas previstas para los enfermos que no se tienen en pie. ¿Te tomas la medicación?, le pregunta sor Ángela, pero el joven está tan débil que su respuesta apenas es audible. Después, la monja intenta convencerle de que deje la bebida -bebe mucho alcohol, lo que agrava su estado- y no abandone el tratamiento.

Hoy es día de consulta y un psiquiatra, profesor de la Universidad de Kinshasa, llama a los pacientes por su nombre. El pasillo está atestado de hombres, mujeres y niños y algunos se tapan la cara cuando ven la cámara. La institución también financia la terapia dispensada por un psicólogo y una farmacia donde los enfermos pueden comprar el tratamiento a bajo precio o incluso gratis, si no pueden pagarlo. “Aquí nadie se va sin tratamiento”, reitera la religiosa, “pagan lo que pueden y, si no pueden, se les da gratis”. Cada día, 150 enfermos son atendidos pasan por estas consultas.

Junto al edificio del dispensario, las religiosas tienen varios talleres, donde se mantiene a los enfermos ocupados y se les forma en oficios como costura, pintura y otros trabajos manuales. Aunque sor Ángela es auxiliar de enfermería, la religiosa es ahora la responsable de estos talleres, en los que los pacientes ya bajo tratamiento aprenden o perfeccionan un oficio con el que puedan ganarse la vida. En una sala larga y estrecha, varios enfermos, hombres y mujeres, cosen, bordan manteles, hacen muñecas de tela, marcos de fotos, cambiadores de bebés y otros productos que venden a un precio muy modesto-algunos a menos de un euro- para, a final de mes, ofrecer un pequeño ingreso a estos enfermos.

“Cuando la familia ve que el enfermo ha ganado 20 o 25 dólares, dicen, ah, mi hijo no es un brujo; mi hijo puede trabajar. Hacemos muchas sensibilización con las familias, para que no los consideren brujos, que es lo que les han dicho siempre que es un enfermo mental”, explica la religiosa.

Las religiosas han comprado un solar en otro barrio de la ciudad para poder ofrecer asistencia a los pacientes que no pueden pagarse el transporte hasta Matete, pero carecen de medios para construir ese nuevo edificio que les ahorraría a los enfermos de la otra punta de esta enorme ciudad el precio del transporte. “Nos gustaría construir ese otro centro para seguir ayudando pero no tenemos fondos”, se lamenta Sor Ángela.

La monja asturiana es la única religiosa europea de su orden en Kinshasa. Con sus compañeras, además de gestionar el centro “Telema”, salen a recorrer las calles, acompañadas de un grupo de voluntarios congoleños, para recuperar a los enfermos mentales que vagan errantes, a menudo escuálidos y medio desnudos-cuando no sin ningún tipo de ropa- por la ciudad. Una vez que han localizado al enfermo, tratan de llevarlo al centro para darle tratamiento y de localizar a la familia para que lo acepte de nuevo. Así sucedió con Madeleine-la mujer que vende comida en el patio de la institución-, a la que las monjas sacaron de la calle.

Las enfermas mentales que acaban sin hogar están aún más expuestas que los hombres a sufrir abusos sexuales y físicos. Cuando acaban en la calle con sus hijos, como sucedió con Madeleine, a menudo son privadas de ellos por sus familias o por desconocidos que se los arrebatan.

Algunas de estas enfermas que estaban en la calle viven en la casa de las monjas, en un hogar bautizado Bethanie, en el que, sin embargo, sólo hay sitio para cuatro personas, cuando las necesidades, recalca la religiosa, son “enormes”.

“La vida para la mujer en Congo es muy difícil, muy dura. Congo está pasando de la pobreza a la miseria y la mujer es la que tiene que dar de comer a toda la familia, incluso al marido si se queda en paro. Sobre ella recaen demasiadas responsabilidades; la salud, la educación, la comida…Otras veces, el marido tiene una segunda e incluso una tercera esposa -la poligamia es frecuente- y descuida a la primera mujer. Por eso, en este país muchas mujeres caen con depresión. Es el sufrimiento lo que hace que muchas personas caigan enfermas: no duermen, comen mal, están mal pagados, caminan continuamente [porque no pueden pagar el transporte]. Ves a mujeres buscando en los caminos donde sembrar algo de legumbre para llevar comida a casa. Hay cosas que yo nunca había visto en mi vida, hoy en día ves a las madres picando piedra con bebés enfermos, con la tripa hinchada, mamás con cuatro, cinco hijos, picando piedra; niños que tenían que estar en la escuela picando piedra. Todo para sacar algo para comer a la noche. Llevo aquí 27 años y esto nunca lo había visto”.

“Nosotras estamos aquí para ayudar al pobre. Nuestra orden vive cerca del pobre pero, por desgracia, no podemos asistir a todo el mundo”, concluye la religiosa, que pide “ayuda” para “poder seguir dando tratamiento a estas personas”. Después se levanta para orientar el trabajo de una enferma que está terminando de bordar uno de los manteles que le permiten llevar algo de dinero a casa.

 

 

De los largos meses que Naomí Colin Kuseyo (Kinshasa, 1993) pasó en un hospital de Bruselas siendo niña, en 2003 y 2004, le quedó “un descubrimiento maravilloso”, recuerda: la escuela en la que aprendió a leer y escribir. Naomí padece una enfermedad rara –su cuerpo no produce hormona del crecimiento- y tiene que desplazarse en silla de ruedas. Además de las enormes dificultades que conlleva vivir con limitaciones de movimiento en una ciudad como Kinshasa – sin apenas aceras, con el asfalto destrozado o directamente sin él y plagada de cráteres y obstáculos de todo tipo- la discapacidad de Naomí obligó a esta joven y a su familia a hacer un enorme esfuerzo para permitirle acceder a un derecho a la educación que, en teoría, se reconoce por ley a todos los niños congoleños.

Sin embargo, entre esta teoría y la realidad del país africano media un abismo. Según datos oficiales, siete de cada diez niños congoleños no van al colegio, bien porque nunca han sido inscritos o bien porque han tenido que abandonarla pues sus familias no podían sufragar una educación cuyo coste asumen en sus tres cuartas partes. Pese a una tímida reducción de la pobreza en Congo en los últimos años, ocho de cada diez habitantes de este país viven aún con menos de 1,25 dólares al día, el umbral de pobreza en términos absolutos de Naciones Unidas.

Antes de viajar a Bélgica, los padres de Naomí la habían inscrito en un colegio. La familia de esta joven es de clase media y podía perfectamente sufragar los gastos de su educación. Sin embargo, su enfermedad le imponía muchas veces faltar a clase y en los escasos períodos en los que podía seguir regularmente el curso, era objeto de burlas y de acoso por parte de sus compañeros. Tanto, recuerda, que “todos los días volvía llorando del colegio”.

“Al descubrir la escuela en el hospital de Bruselas, pensé que algo así no existía en mi país y me dije que sería maravilloso si yo pudiese crearlas en Congo”, asegura la joven congoleña.

En la RDC, un país en el que no existe una sanidad pública y donde incluso en los hospitales propiedad del Estado hay que pagar para ser atendido, la hospitalización de un niño supone una carga adicional para la mayoría de las familias, que ya penan para escolarizar a sus hijos sin el gasto añadido que supone una enfermedad. Confrontadas a la necesidad imperiosa que suponen los gastos médicos, la educación de los niños enfermos pasa a un segundo plano. “Las familias tienen que elegir a veces entre la vida del niño y su educación”, deplora Naomí.

Los hogares de este país suelen ser además muy numerosos, con una media de casi cinco hijos por mujer, por lo que muchas veces se da prioridad a los niños sanos-“normales, entre comillas”, deplora Naomí- en detrimento de los niños enfermos. A ello hay que sumar los tabúes culturales que a menudo conllevan un estigma para los menores discapacitados o con secuelas de alguna enfermedad, considerados a menudo como víctimas de algún encantamiento o maldición.

“Las familias congoleñas consideran al niño discapacitado como alguien diferente, como niños ‘brujos’ y los esconden y no les dejan salir. Yo considero que es un grave error, pues todo el mundo tiene derecho a la educación. Aquí es muy difícil ser como yo, porque yo soy diferente, lo que me obliga a afrontar las miradas de la gente, que se preguntan de dónde sales y si eres una persona como ellos. Sin embargo, he aprendido a hacer frente a esa situación; a afrontar las miradas de la gente y vivir mi vida”, subraya la joven.

En 2012, cuando Naomí aún no había cumplido 20 años, aquel deseo acariciado en un hospital belga cuando era una niña empezó a hacerse realidad. Con el apoyo de su madre, Yvette Kuseyo, se presentó a un concurso de emprendimiento social convocado por la sociedad de telefonía Tigo y la organización sueca Reach for Change, destinado a financiar proyectos dirigidos a mejorar la vida de los niños en África. El proyecto de Naomí e Yvette Kuseyo, bautizado “Écoles du coeur” (Escuelas del Corazón), con el que proponían abrir una escuela en un hospital de Kinshasa, fue el vencedor. Con los 25.000 dólares del premio, el sueño de Naomí se plasmó en abril de 2013, cuando la primera de las “Écoles du Coeur” abrió sus puertas en un hospital de la capital congoleña. “La Educación puede cambiar la vida de los niños enfermos o con discapacidad”, repite la promotora de este proyecto social.

Desde entonces, Naomí, con el apoyo de su familia, ha logrado inaugurar otras dos escuelas, que gestiona con la ONG que preside, Naomí-écoles du coeur”. Hoy, el hospital de referencia de Kinshasa- al que los congoleños llaman « Mama Yemo »- la clínica Ngaliema y el Centro de Drepanocitosis de Yolo, todos en la capital- disponen de una de estas escuelas.

Estudiar contribuye a la curación

La Drepanocitosis o anemia falciforme es una enfermedad genética de la sangre que afecta de forma predominante a personas de raza negra. En Kinshasa existe un centro destinado a tratar esta dolencia: el Centro de Drepanocitosis de Yolo, una institución vetusta como casi todos los hospitales del país, de los que la gran mayoría datan del período colonial. Naomí e Yvette han insistido en visitar la escuela de este hospital, aunque otro de los centros que dispone de una “Escuela del corazón”-la Clinique Ngaliema- es más moderno y podría dar una imagen en teoría mejor de su proyecto. Sin embargo, las dos mujeres han optado por esta modesta institución para atraer la atención sobre las difíciles condiciones de vida de los niños afectados por esta dolencia en la República Democrática del Congo.

Naomí llega en su silla de ruedas acompañada de una cuidadora y muestra el camino para la Escuela del Corazón, una sala estrecha y algo oscura equipada con un ordenador, sillas y mesas de plástico pequeñas, algunos juguetes y una pizarra. En el interior, una niña de unos 12 años juega con un programa educativo sentada ante el ordenador mientras que otra pequeña, de unos cuatro o cinco años, se afana en colorear un dibujo. Una tercera copia a lápiz las letras de un abecedario colgado en la pared.

La mayor de estas niñas no está enferma. Es la hermana de una de las otras dos pequeñas pero, según explica su madre, la lejanía del domicilio de esta mujer que cría sola a sus hijas le impone también a ella y a su hija mayor vivir en el hospital y faltar a clase. En Congo, los hospitales no dan de comer a los enfermos ni se ocupan de su aseo ni de su ropa: normalmente son las parientes femeninas de la persona hospitalizada quienes asumen esa carga.

La menor de estas dos hermanas, de unos cinco años, nació con anemia falciforme y por ello pasa largos períodos ingresada. Con sus brazos casi raquíticos copia las letras mientras su madre recalca que le “gusta mucho estudiar”, algo que parece cierto viendo su empeño en reproducir las letras en un folio en blanco. La mujer afirma que la niña está mejor y que en tres días le darán el alta. Luego da las gracias a Naomí: “¡Qué Dios la bendiga! Desde que existe esta escuela, mi hija ya no tiene que pasar todo el día en la cama sin hacer nada, y eso ayuda a que se cure antes”, dice esta madre.

La tercera de las niñas tiene una pierna escayolada. Naomí y el profesor que sigue a estas alumnas, Alain Basiwa Kiantela, explican que, en los casos graves, la anemia falciforme provoca dolores óseos insufribles a estos niños cuyo peso suele ser bajo: por esa razón, algunos de ellos no pueden desplazarse hasta el aula y tienen que seguir las explicaciones del profesor en la cama. “Antes de empezar a dar clase a un niño, consultamos con los médicos si su estado le permite seguir estudiando”, recalca Naomí.

En una amplia sala cercana, otro niño y varias mujeres adultas yacen en sendas camas en medio de un calor asfixiante contra el que lucha sin mucho éxito un ventilador situado frente al chico. Las personas que rodean a los pacientes, casi todas mujeres, parecen gente del pueblo, lo que en este país equivale a decir humildes, cuando no pobres de solemnidad. En Congo, quien puede permitírselo acude a una clínica privada o viaja al extranjero para ser tratado. Jacques, el nombre ficticio del adolescente encamado en la sala, seguramente no dispone de medios para ello. La anemia le ha dejado en piel y huesos y su cuerpo parece tan frágil que resulta difícil imaginarlo abandonando la cama. Por ello, Alain, el profesor, acude a su cabecera para explicarle cómo tiene que hacer los ejercicios que le ha puesto en una ‘tablet’ que las ‘Escuelas del Corazón” le han proporcionado.

Quién sabe por cuánto tiempo. Aunque el dinero del premio que permitió iniciar el proyecto hace tiempo que se acabó, Naomí y su familia siguen con él, haciendo un “esfuerzo”: la escuela es gratuita pero a los profesores hay que pagarles y el Estado congoleño lo único que ha ofrecido hasta ahora han sido “promesas” que se han revelado vanas. Mientras, Naomí y su madre siguen “luchando para que se respete el derecho a la educación de todos los niños, un derecho que está reconocido por la ley pero que no se respeta y se queda en meras palabras”.

 

 

Los miembros del grupo musical Huguembo ensayan entre los cuatro muros de una casa a medio construir en un solar vallado de Kinshasa, la capital congoleña. En las otras habitaciones de esta construcción precaria el suelo está cubierto de basura pero, ajenos a ello, los jóvenes cantan y tocan diferentes instrumentos de percusión. Su líder es Huguette Tolinga Lola, una artista de 27 años que aprendió sola a tocar, primero el tradicional tam-tam y luego otros instrumentos de percusión, y también a bailar y a cantar. Además de tocar, Huguette compone y arregla todas las canciones del grupo: todos los estilos le interesan –el soul y el jazz entre ellos- pero su obra se nutre fundamentalmente de la música tradicional de su país, incluida la popularísima rumba congoleña. La joven también idea las coreografías y, en esta mañana de noviembre, ha citado a los otros integrantes del grupo para ensayar. Todos excepto ella son hombres.

Esta congoleña -la primera mujer percusionista del país conocida- no sólo fundó Huguembo, sino que también es su alma. Su voz y sus gestos emanan de la autoridad que le da su talento y los otros músicos aceptan de buen grado sus instrucciones: Huguette es minuciosa y controla todos los detalles del ensayo: desde el volumen de los tambores hasta los movimientos de baile y las diferentes voces de este grupo que empieza a ser reconocido y que ya actúa de forma regular en Congo y otros países africanos.

Sin embargo, antes de llegar a ese reconocimiento, esta joven tan tímida fuera del escenario ha tenido que pasar por lo que se adivina un infierno pese a la parquedad de sus palabras, desde que a los siete años empezara a tocar los tambores.

“Cuando yo era pequeña, en mi casa había pequeños tam-tam pero mi padre no los usaba como instrumentos musicales sino como decoración. Así que en lugar de tocar esos tambores, yo tocaba en latas. También en la escuela había también pequeños tam-tam. Todos los sábados desfilábamos y mientras que mis amigos iban al colegio para desfilar, yo tocaba los tam-tam. De repente, sentí que tenía que seguir tocando los tambores. Así he llegado a ser lo que soy”, explica la percusionista.

Cuando la joven anunció que quería dedicarse a la percusión, la reacción de su entorno fue de rechazo total. Tanto su familia de la región de Équateur, como la pariente lejana de Kinshasa, la capital, con la que sus padres la habían enviado a vivir, se opusieron con argumentos tan peregrinos como que tocar los tambores “iba a hacer que se volviera lesbiana” o que “sus pechos iban a hacerse enormes”. Además, en Congo, el oficio de artista, como tantas otras cosas, se relaciona con la práctica de la brujería, por lo que Huguette tenía que escaparse de casa a escondidas para ir a los ensayos. Como pese la presión, la percusionista decidió seguir con esa vocación que dice llevar “en la sangre”, un día la pariente con la que vivía la echó de casa.

“Para ellos, era un oficio de chicos, por lo que veían asombroso que una mujer quisiera trabajar en una profesión tan complicada. Sin embargo, en Congo hay que imponerse y eso hice, imponerme, por lo que al final me dijeron que me tenía que marchar porque no estaba bien hacer lo que yo quería hacer. Las cosas ahora van mejor pero entonces era verdaderamente difícil. Yo sentía que no había sitio para mí allí donde yo podía hacerme un hueco para trabajar [la percusión]. Y si no hubiera amado tanto mi trabajo, hoy no sería quien soy”, recalca la artista.

“A las chicas se nos dice que sólo los chicos pueden hacer esto o lo otro; los chicos están autorizados a hacerlo casi todo mientras que se considera que las mujeres sólo pueden cocinar para el marido y los hijos, lavar los platos y la ropa, simplemente eso”.

Si en su familia sólo halló incomprensión, en los primeros grupos donde arrancó su carrera artística no fue mucho mejor. Se esperaba de ella que bailara, que cantara, que hiciera coros con su voz de contralto, pero no que fuera percusionista, lo que es su gran pasión, pero ella, reitera, “se impuso”. A Huguette parece costarle hablar de lo que ha pasado; de las humillaciones y los desprecios de los que era objeto por parte de los mismos colegas que, ahora, reconocen su talento.

Con su perseverancia, Huguette ha roto un tabú: el que hace de tocar los tambores tradicionales, los “tam-tam”, una prerrogativa exclusivamente masculina “desde los tiempos de los ancestros” cuando, entre otros usos, los tam-tam servían de modo de comunicación-el sonido de los más grandes podía llegar hasta a 20 kilómetros de distancia-entre pueblos y tribus de algunas de las diferentes culturas del Congo. Al acabar con la otrora prerrogativa masculina para tocar ese instrumento, la percusionista ha abierto camino a otras mujeres que siguen su ejemplo: “Ahora mismo, hay mujeres que han empezado a tocar la percusión gracias a mí. En cierto sentido, he aportado algo muy importante al Congo”, reconoce. Y luego dice: “Estoy orgullosa de ello”.

No sólo al Congo. El ejemplo de esta artista autodidacta que se enfrentó con su familia para serlo ha llegado incluso más allá de las fronteras de la República Democrática del Congo, por ejemplo al vecino Burundi, donde un taller de percusión impartido por Huguette suscitó al principio el escándalo de los asistentes. En Bujumbura, la capital burundesa, existía el mismo tabú que en Congo acerca de que una mujer tocara los tambores, pero tras el paso de Huguette Tolinga por la ciudad y el taller que impartió, dice la artista, “hoy hay chicas percusionistas allí”.

La líder de Huguembo que, de niña “nunca pensó que lograría ser percusionista”, ha logrado ganarse la vida con su trabajo, disfruta ahora del respeto de la profesión y además es una referencia en una familia que durante un tiempo ni siquiera la invitaba a las celebraciones familiares: “He conseguido alquilar una casa, he adoptado a dos niñas, mis sobrinas, a quienes les pago los estudios, y todo con el dinero que gano tocando el tam-tam, algo que ellos [su familia] no querían que hicieran. Mi familia ahora me anima a seguir; también los músicos con los que comencé no creían en mí y ahora han empezado a animarme”.

Una fábrica de tambores para luchar contra el paro

La líder de Huguembo cree que el hecho de que “en Congo, hoy en día haya muchas instituciones creadas para las mujeres y formadas por las mujeres” es algo “muy bueno” para un país donde las féminas siguen lastradas, sobre todo en las zonas rurales, por fenómenos como el matrimonio precoz y los embarazos tempranos.

Para luchar por una emancipación de la mujer de la que ella es un ejemplo, la percusionista se ha comprometido con esta causa; la de la lucha contra el matrimonio precoz en Congo. Huguembo participó en enero de 2016 en una comedia musical organizada por UNICEF, “un acto de sensibilización sobre el matrimonio precoz en Bandundu” explica esta artista cuya principal preocupación social es el desempleo, sobre todo el femenino. “Mi sueño es crear una escuela de percusión mixta y un centro de fabricación y reparación de tam-tam y el resto de instrumentos de percusión”.

“Quiero montar esta empresa para dar trabajo a las mujeres y a los chicos, sobre todo los jóvenes, y también porque aquí, en Congo, se fabrican tam-tam pero no son de calidad y además no existe una gran estructura dedicada exclusivamente a ello. Me duele la situación de la gente. Todo lo que hacemos [con el grupo Huguembo] es para ayudar a la gente, porque, si yo quisiera, podría tocar sola pero, como habéis visto, hoy había otros siete músicos en el ensayo”.

Huguette cree que la música ayuda a olvidar la pobreza y la falta de oportunidades de los jóvenes de este país. A los miembros de su grupo les ofrece ya la posibilidad de ganarse la vida con las actuaciones, los talleres que organiza y, si su sueño se cumple, en un futuro fabricando instrumentos de percusión para ellos y otros artistas. Mientras tanto Huguette, de forma paralela a su trabajo en Huguembo, acaba de sacar a la venta en Congo un álbum en colaboración con la artista y cooperante alemana Kathrin Sirtl. Se titula Sikoyo Na Pumbue, en lengua lingala, “Ahora vuelo”.

 

 

 

En la firmeza y personalidad de Julienne Lusenge (Beni, 1958) es imposible hallar rastro alguno de la imagen de víctima que en Occidente se atribuye a menudo a las congoleñas. Lusenge fue educada-afirma- para “no tolerar la injusticia” y por eso aquel día de 2003 en el que esta madre de cinco hijos, entonces periodista en una radio comunitaria, vio el cadáver de una niña de tres años violada por tres adultos, una determinación surgió en ella: llevar a los tribunales a aquellos criminales. Y lo logró: dos de ellos acabaron en prisión-el tercero había huido- en un momento en el que la impunidad en Congo era casi total. Desde entonces, la lucha de esta mujer por defender los derechos de sus compatriotas del Congo, especialmente los de las supervivientes de violencia sexual, no ha cesado. Por su trabajo y su valor al enfrentarse a los grupos armados-que amenazan a quienes denuncian sus atrocidades- Julienne Lusenge fue distinguida en 2013 con la Legión de Honor, la más alta condecoración que concede el Estado francés.

Lusenge nació en Beni, en Kivu Norte, en el este de la República Democrática del Congo, el escenario de las dos guerras que, sólo entre 1998 y 2007, dejaron seis millones de muertos en el país africano. Durante más de dos décadas, la ahora activista ejerció el periodismo en la ciudad también oriental de Bunia: ese trabajo le permitió comprobar hasta qué punto las congoleñas vivían en condiciones de extrema dificultad, incluso antes de la guerra.

“Yo trabajaba como periodista en una radio comunitaria e iba a los pueblos donde me encontraba con mujeres a las que le pegaba el marido, niños abandonados, chicas embarazadas y abandonadas por sus parejas, personas detenidas arbitrariamente…Todas estas cuestiones me llegaban y yo me decía ‘No es justo, ¿qué podría hacer yo para acabar con esto’’.

El trabajo que hacía Lusenge, muy apreciado por la comunidad, estuvo a punto de interrumpirse cuando el entonces dictador congoleño Mobutu Sese Seko canceló la cooperación con Bélgica que financiaba la radio en la que trabajaban la periodista y sus compañeras. Privadas de su salario, se plantearon cerrar la emisora, pero no lo hicieron porque la gente de la región les escribía para pedirles que, por favor, siguieran proporcionando el servicio público que ofrecían. Entonces, Julienne Lusenge y otras siete compañeras decidieron seguir y buscar nuevas formas para defender los derechos de la mujer. Ese proyecto se plasmó en 2001 con la creación de una asociación a la que bautizaron Sofepadi, Solidaridad Femenina para la Paz y el Desarrollo Integral, una organización para la promoción de los derechos de la mujer, sobre todo los de las mujeres supervivientes a una agresión sexual.

La intervención de Sofepadi tiene diversos aspectos, pero el que seguramente repercute más en la lucha contra la violencia sexual es su combate contra la impunidad. El desencadenante de este compromiso fue el caso de aquella niña de tres años violada y asesinada: “No teníamos financiación y pusimos el dinero entre todas para pagar los gastos legales y llevar el caso a la Justicia a pesar de que entonces [2003] todo el mundo tenían miedo de hacerlo, incluso Naciones Unidas. La ONU ahora se presenta como quien ha liderado la lucha contra la violencia sexual, y yo digo, no, no es así, porque fuimos nosotras, las mujeres congoleñas, las primeras en organizarnos para apoyar a las víctimas y denunciar estos casos ante la Justicia”.

Julienne considera que el trabajo de las congoleñas contra la violencia sexual no se valora “en su justa medida” por parte de la comunidad internacional y las organizaciones extranjeras que trabajan en este ámbito: “Queremos trabajar con todas las organizaciones que vienen a Congo, pero también queremos que se respete nuestro trabajo porque nosotras llegamos allí donde ellos [las organizaciones internacionales] no llegan; asumimos riesgos frente a los grupos armados, para que se detenga a los culpables y denunciar lo que pasa en nuestro país. Cuando la cosa se pone fea, las ONG internacionales huyen pero nosotras estamos siempre aquí. Y no tenemos protección (…) Hay muchas cosas que hacemos sin dinero todo el tiempo y nunca nos hemos cogido días libres. Nos despertamos por la mañana y cuando nos dicen que hay un caso de violencia sexual en algún sitio, allá que vamos para documentar el caso, ¿hay que llevar a la superviviente al hospital? La llevamos al hospital; ¿hay que denunciar ante la Justicia? Le pagamos los gastos legales; ¿es necesario darle una asistencia psicológica? Se la proporcionamos, la escuchamos y le ayudamos a superarlo”.

Sofepadi no sólo vulgariza los derechos de las mujeres y moviliza a las comunidades para dar a conocer estos derechos y que apoyen a las víctimas, sino que también las atiende directamente, como explica su presidenta: “Tenemos un centro médico en Bunia [este del Congo] que ofrece un servicio holístico a las víctimas. Allí se ofrece atención médica y psicológica, acompañamiento judicial y reinserción socioprofesional. Con respecto a la atención médica, ofrecemos la triple terapia, [un cóctel de medicamentos] que protege a las mujeres del SIDA, la hepatitis y los embarazos [si se administra en un plazo de 72 horas tras la agresión]. Por ello, hacemos todo lo que está en nuestra mano para que las víctimas lleguen al centro antes de que hayan transcurrido esas 72 horas y, para conseguirlo, les pagamos los gastos de transporte para que puedan llegar, o bien enviamos el vehículo que tenemos para recogerlas en cuanto nos avisan de que hay una superviviente en algún sitio y así llevarla rápidamente al hospital”

En su enfoque holístico, esta organización de mujeres trabaja con las fuerzas de seguridad congoleñas: “Hemos formado a los policías para que redacten de forma adecuada las declaraciones de las mujeres y comprendan su lenguaje, porque en nuestra cultura las mujeres no dicen “Me han violado”, ni tampoco “ese hombre me ha obligado a tener una relación sexual”. En swahili es muy difícil decir algo así, al igual que en la lengua vernácula de la mujer. La mujer dirá entonces algo como “[Ese hombre] ha cometido una brutalidad contra mí” o “ha hecho conmigo lo que quería y después se ha marchado”. El policía debe saber que, al decir eso, la mujer quiere decir “Me han violado” y eso es lo que debe escribir en la declaración para que el fiscal pueda conducir bien la investigación y llegar a juicio de forma que la superviviente pueda obtener justicia”. Sofepadi ofrece a su vez un servicio de abogados y psicólogos de guardia y también sufraga los gastos escolares de los niños nacidos de una violación o que la han sufrido ellos mismos. Algunos de estos menores han sido después repudiados y abandonados por sus familias.

Un país destruido por la guerra

Julienne Lusenge, que ha denunciado la violencia sexual en su país en foros internacionales como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, es moderadamente optimista sobre este fenómeno en Congo. Recalca que, gracias al esfuerzo de las organizaciones, “hay cambios que se están produciendo y una disminución de los casos de violación en determinadas zonas donde ya no hay guerra. Sin embargo, hay una evolución del fenómeno en otras zonas no de guerra, como la ciudad de Kinshasa, por ejemplo.”

En su opinión, esta extensión y generalización de unas violaciones que “al principio se usaron como arma de guerra” se debe a la impunidad de los autores y al hecho de que los miembros de los grupos armados reinsertados en el ejército no hayan recibido ningún tipo de tratamiento psicológico para dejar atrás la violencia. En ausencia de justicia, estos hombres siguen violando como hacían cuando eran milicianos incluso en zonas donde no hay conflicto: “Sólo han cambiado de uniforme; su forma de actuar es la misma”.

“Antes de la guerra, en Congo no existía este fenómeno [de las violaciones masivas]. En Beni [este del Congo], en mi tribu, un joven que violaba a una chica era expulsado y no podía volver nunca más al pueblo. Se les llamaba, en nuestro dialecto, mukumbira, lo que quiere decir intocable”, recalca la presidenta de Sofepadi, que también dirige otra organización dirigida a empoderar a las mujeres de su país, el Fondo de las Mujeres Congoleñas.

Como otras de sus compatriotas que han dedicado buena parte de su vida a defender los derechos de la mujer, a Lusenge le indigna profundamente la frase tantas veces repetida que se atribuye a una alta funcionaria de Naciones Unidas que en 2010 definió Congo como “la capital mundial de la violación”.

“[Esa frase] es la vergüenza de la ONU porque no tendríamos por qué ser la capital mundial de la violación teniendo una gran misión de Naciones Unidas aquí”, dice en alusión a la misión de cascos azules de la ONU en Congo, la más grande del mundo. Los responsables de Naciones Unidas, subraya la activista, “deberían juzgarse a sí mismos cuando dicen eso. ¿Acaso han protegido a las mujeres congoleñas? Si nos hubieran protegido, no hubiéramos llegado a ser esa capital mundial de la violación pero, como no nos han protegido, somos aún el campo de batalla de los grupos armados y de todas las guerras. Son ellos quienes llevan en su conciencia la responsabilidad principal y quienes deberían preguntarse por qué no han protegido a las congoleñas. Ellos conocen las causas de la guerra en nuestro país: los recursos, porque son nuestros recursos mineros los que nos están matando, ¿por qué no pueden decir a Ruanda y a Uganda que se detengan? [Uganda y Ruanda han sido acusadas por la misma Naciones Unidas de expoliar los recursos del Congo y de estar detrás de varios grupos armados]”

Lusenge se pregunta también por qué la comunidad internacional no controla a las empresas que explotan esos recursos: “Ellos [Naciones Unidas] saben de dónde vienen las compañías; saben quién compra las armas, quién las fabrica, quién las trae y quién las utiliza en Congo. Por lo tanto, lo que deberían hacer es obrar en consecuencia y dejar de comportarse como si nosotras, las mujeres congoleñas, no tuviéramos ningún valor. Si hay un derecho universal para todo el mundo, nos deben proteger y si hay leyes que sus compañías respetan en sus países, también las deben respetar en Congo”.

 

 

Se definen como los hijos de Patrice Lumumba- el padre de la independencia de Congo-; de Thomas Sankara, el revolucionario presidente burkinés, y de Nelson Mandela. En esos líderes africanos se inspiran los jóvenes de LUCHA, acrónimo de Lutte pour le Changement (Lucha por el Cambio) un movimiento juvenil congoleño similar al 15-M en sus planteamientos pero cuyas circunstancias son mucho más difíciles, mucho más arriesgadas. Varias decenas de ellos han pasado por la cárcel estos dos últimos años. Todo por defender la dignidad de su “lucha”, una palabra española que adoptaron como nombre oyendo viejas canciones revolucionarias latinoamericanas. Ese término resume su aspiración de cambio, de democracia y, sobre todo, de justicia en un país bendecido por enormes riquezas naturales pero lastrado por la corrupción y la miseria, en la que viven la mayoría de sus habitantes 66 años después de su independencia de Bélgica.

Gloria Sengha es una de estos jóvenes. A punto de acabar la carrera de Derecho, el nombre de esta chica de 23 años aparece firmando los comunicados de la organización en Kinshasa, la capital del país. Su presencia en el movimiento es ya visible pese a que su militancia es reciente. No así su sentimiento de injusticia y un ansia de cambio en su país que cristalizaron en su ingreso en el movimiento después de un hecho que la marcó: la detención de uno de sus amigos, Bienvenu Matumo, encarcelado después en la prisión central de Kinshasa-la siniestra cárcel de Makala- junto con otros dos militantes de LUCHA. Los tres pasaron a engrosar la lista de presos de conciencia de este movimiento apolítico fundado en 2012 en la ciudad de Goma (este), que aboga por el cambio no violento. Bienvenu y los otros dos militantes fueron secuestrados y después condenados a un año de cárcel sólo por haber participado en la organización de una protesta pacífica dirigida a instar a la Administración del presidente Joseph Kabila a que respetara la Constitución del país, que limita a dos los mandatos presidenciales, y no se perpetuara en el poder.

“Desde nuestro acceso a la independencia, nada ha cambiado en nuestro país en términos de democracia y desarrollo. Me uní a la organización porque pensé que el combate tenía que ser colectivo y porque LUCHA colmaba mis aspiraciones de defender buenas causas como la democracia, la dignidad y el respeto de los valores democráticos. También se oponía a esos ‘antivalores’ que perjudican a nuestra sociedad, como la corrupción”, recalca la joven sentada en los pupitres de una escuela donde su grupo se reúne casi en secreto para consensuar las políticas del movimiento.

Las primeras acciones de LUCHA tenían un marcado carácter social. La organización no sólo pide democracia sino que también organiza actos cívicos como, por ejemplo, ‘quedadas’ para barrer la ciudad de Kinshasa, una iniciativa que, en ocasiones, ha acabado con cargas de antidisturbios con gases lacrimógenos para dispersarlos a ellos y a sus escobas. Tras su fundación, recuerda Gloria, una de las primeras campañas del movimiento fue bautizada “Goma quiere agua” y su fin era denunciar que la mayoría de los habitantes de esa ciudad, capital de la conflictiva región de Kivu Norte, no tenían agua corriente pese a vivir a orillas del lago Kivu.

Pese al carácter no partidista y apolítico del movimiento, su combate en defensa de la democracia y en favor del respeto de la Constitución ha terminado poniendo a la organización en el punto de mira de las autoridades. Presidido desde 2001 por Joseph Kabila, el régimen congoleño ha ido acentuando una deriva autoritaria denunciada por Naciones Unidas, a medida que movimientos como LUCHA y buena parte de la población civil han mostrado su oposición a que el jefe de Estado se perpetúe en el poder, algo que ya es casi seguro que sucederá pues el gobierno ha anunciado que no podrá organizar las elecciones presidenciales en noviembre de 2016 alegando dificultades financieras y logísticas. Buena parte de los congoleños y la oposición del país ven en estos argumentos un pretexto para que Kabila, en ausencia de un sucesor, se aferre al cargo de forma ilegítima.

Pese a que comparten con la oposición el objetivo de imponer al jefe del Estado que respete la Carta Magna, LUCHA se desmarca de los partidos políticos: “Somos un movimiento apolítico. No dependemos de los partidos políticos ni de ninguna plataforma porque nos hemos percatado de que quienes lideran el combate por el cambio en Congo, entre otros los partidos políticos, compiten por el poder, mientras que nosotros, en calidad de movimiento ciudadano de la sociedad civil, no luchamos por el poder, sino por el cambio, por la mejora de las condiciones de vida de la población”, recalca esta joven de discurso firme.

Con respecto a la condición de la mujer en su país, sometida aún a estrictos estereotipos de género, como el imperativo de contraer matrimonio a edad temprana, Gloria lo deja claro: “Lo que más me subleva es la violencia sexual contra la mujer, todo lo que pasa en el este del país despierta en mí un sentimiento de rebelión; cómo los cuerpos de las mujeres son mutilados y las mujeres reducidas a objetos pues la violencia sexual es un arma en manos de los señores de la guerra: es indignante”.

La solución para que su país halle un futuro mejor está, en su opinión, en manos de los jóvenes. En Congo, la media de edad de la población apenas llega a los 18 años, una juventud infrarrepresentada en las instituciones y que se siente ajena a unos políticos que, como recalca Gloria, “están ahí desde el acceso del país a la independencia; nunca han cambiado. El presidente es joven [45 años] pero está rodeado de viejos, ¿cómo quieres que las cosas cambien?”

Gloria y sus compañeros del movimiento LUCHA se miran en el esperanzador espejo de otros movimientos juveniles africanos. La joven cita a Balai Citoyen (Escoba Ciudadana) en Burkina Faso, e Y’ en a marre (Estamos hartos) en Senegal, similares a LUCHA y que han conseguido marcar el devenir político de sus países. Sobre todo el primero, Balai Citoyen, que lideró las manifestaciones populares de octubre de 2014 que forzaron el derrocamiento y exilio de Blaise Compaoré, un dictador que llevaba 27 años en el poder.

“Yo me digo siempre que la reencarnación de nuestros líderes africanos es la juventud, la motivación de la juventud. La juventud es la única esperanza de una democracia real en Congo. No es fácil militar en Congo ni estar contra el sistema. Estamos expuestos a peligros diversos, sobre todo detenciones, secuestros y, si no tienes suerte, puedes ser asesinado”, explica la militante de LUCHA, una organización que, en mayo de 2016, fue galardonada con el premio “Embajador de la conciencia” de Amnistía Internacional por su lucha en favor de la libertad y la justicia social en Congo.

En octubre, la misma Gloria estuvo a punto de ser detenida tras participar en una sentada en el centro de Kinshasa. Sólo escapó al arresto después de una huida rocambolesca en moto, con su amigo Bienvenu Matumo- ahora en libertad condicional-perseguidos “por un jeep de los servicios secretos”, destaca la joven. “Nosotros vivimos eso y sufrimos ese [tipo de] amenazas. Te llaman por teléfono y te dicen ‘Ten cuidado’ y nos vigilan en las redes sociales. Yo he superado el miedo y me digo que, seas militante o no, el final de todo ser humano es la muerte”.

En realidad, este movimiento juvenil cuenta sólo con unos pocos centenares de miembros, lo que no ha impedido que su influencia haya ido en aumento en los últimos meses al tiempo que las autoridades congoleñas llegaban a acusarles de ser un grupo “terrorista”. La importancia que el régimen congoleño les atribuye es tal que el pasado 16 de agosto el presidente Kabila se reunió con ellos.

Gloria cree que el temor mostrado por las autoridades congoleñas se debe a que “el régimen está acorralado. La población está harta de este sistema, de este régimen que maltrata al pueblo. La LUCHA es un movimiento que representa una especie de despertar de la conciencia. Se trata de algo así como una cerilla que puede encender la mecha y da miedo porque puede movilizar a la población para un levantamiento popular que podría derrocar al régimen actual”.

“Lo único que le pedimos al régimen, dado que ya es imposible organizar las elecciones este año a causa de su voluntad manifiesta [de no organizarlas], es que respeten la Constitución, lo que exigiría que el presidente Kabila dimitiera el 19 de diciembre y que el presidente del Senado ocupara su cargo, como marca la Carta Magna”, prosigue la joven, que recalca que la transición debe hacerse sin violencia: “La no violencia forma parte de los valores de la LUCHA. Lo vivimos con Martin Luther King en el combate por la abolición de la segregación racial en EEUU; Luther King no tuvo necesidad de armas para lograrlo. La no violencia es más eficaz porque pone al opresor ante un hecho consumado. El opresor se dice ‘voy a luchar contra esas gentes que están desarmadas’ pero finalmente, en un momento dado, va a cansarse de matar y la no violencia terminará por triunfar”.

“En LUCHA”, dice Gloria, “no hay diferencias entre hombre y mujer. Somos, ante todo, congoleños. El Congo de hoy, de mañana, nos necesita a todos”