“A mi hija le gustaba vivir y merecía vivir”

 

Entrevista y texto: @patriciasimon Imagen: @zapicoalex  (Jerusalén Este)

Traducción: Waed Ayyash y Monet Mohanad Amer Kadhin

Cuando entrevistamos a Majdya Aziz -noviembre de 2014- llevaba más de tres meses en el hospital palestino de Jerusalén Este. Es una de las 10.000 personas que fueron heridas por los bombardeos israelíes que arrasaron la Franja de Gaza durante 50 días el pasado verano. Su hija una de los más de 530 niños que fueron asesinados por el Ejército sionista. En total más de 2.200 palestinos asesinados, 1.500 de ellos civiles. “No podré olvidar ese momento en la vida (…) Su imagen, su cara, cuando cayó al suelo sangrando, levantando sus manos pidiéndome ayuda. “¡Mamá, mamá!”, me decía. No se me va de la cabeza. Yo no podía ayudarla porque no podía levantarme del suelo”. Majdya se refugió con sus pequeños y su marido en la casa de uno de sus ocho hijos porque no consideraban seguro quedarse en Beit Lahia, la ciudad donde residen. Pese a ello, la mañana del 20 de julio, cuando iba al mercado a comprar comida con su hija de ocho años, fueron atacadas. A ella le destrozaron sus piernas, a su hija la mataron.

Tres días después fue trasladada al hospital al-Maqasid Jerusalén Este. Como decenas de heridos, se encontraron en la ciudad santa solos, destrozados física y psicológicamente. Por eso, cientos de palestinos de Jerusalén Este se organizaron para apoyarles con su compañía y los que podían con comida, dinero… Ése es el caso de Waed Ayyash, terapeuta infantil y activista, que no había vuelto a este hospital desde que tres años atrás, un colono israelí matara de un tiro a sangre fría a su hermano pequeño de 15 años, cuando se manifestaba en su barrio palestino contra la ocupación. “Cuando murió mi hermano no podía llorar ni hablar por el impacto. Durante esos tres años no pude llorar pensando en la muerte de mi hermano. Por eso, cuando volví al hospital, reviví lo que habíamos pasado con mi hermano en el hospital…. Empecé a entender que Milad había muerto, lloré mucho. Es muy difícil. En tres años no había aceptado la realidad, pero ya no podía negarlo.  Ahora estoy un poco mejor. Ver en el hospital a los heridos, a los niños me afectó mucho. Cuando escuchaba sus historias me impactaban mucho porque todos estamos sufriendo la ocupación, pero de manera distinta. Escuchar a un niño explicándote cómo le alcanzó un misil… te golpea. Entender que esto pudiera ocurrir me superaba. Me transformó en una persona más consciente, entender que hay historias más duras que la tuya”.

Es ella quien nos acompaña a conocer a Majdya y se percibe el lazo de confianza y afecto que se ha tejido entre ellas. Hasta ahora, Majdya no ha podido recibir visitas de familiares. El gobierno israelí no les concedía el permiso necesario para salir de la Franja de Gaza. Por fin su hermana Jamela ha podido venir, tres meses más tarde. “Asesinaron a mi hijo, a dos hijos de una hermana, a otros dos hijos de otra hermana… Nos echan de nuestras tierras y nos persiguen hasta Gaza. ¿Qué tiene Gaza para que la destrocen de esta manera? En Gaza sólo hay hambre, sed, falta de electricidad, no tenemos agua ni gas”. Mientras Majdya se tapa el rostro aguantando los insufribles dolores que las lesiones en sus dos piernas le provocan, su hermana Jamela no puede contener la rabia. “Las familias educan y se parten el lomo para sacar adelante a sus hijos. Y al final, los aviones y tanques israelíes acaban con su vida sin más, a sangre fría. ¿Qué pasa? ¿Es que no somos humanos?”, nos espeta. “Si el gobierno israelí va a seguir matándonos, ¿para qué vamos a llevar a nuestros hijos al colegio si los van a matar igual? Para eso les damos armas de plástico y les enseñamos a combatir desde pequeños”, añade.

En las ventanas del hospital jerosomilitano cuelgan toallas, ropa, tetrabriks… Muchos de los heridos de Gaza permanecen aquí desde hace meses. El personal sanitario se afana por tratar lesiones que en muchos casos serán permanentes y dificultarán más aún la vida de estas personas cuando vuelvan a Gaza. Según nos dicen es un milagro que Majdya pueda recuperar la movilidad de sus piernas, aún grotescamente inflamadas y con innumerables cicatrices fruto del bombardeo pero también de las intervenciones quirúrgicas. En Gaza, según estimaciones de las Naciones Unidas, entre un 5 y 7 por ciento de la población sufra algún tipo de amputación. Durante la operación “Margen Protector” el Ejército israelí bombardeo varios hospitales, incluido uno dedicado a la recuperación de personas mutiladas y otro para personas con discapacidad. Todos ellos financiados por fondos de la cooperación internacional.

A finales de 2014, la comunidad internacional prometió aportar  5.400 millones de dólares para la reconstrucción de la Franja de Gaza. Un negocio muy lucrativo para Israel puesto que los pocos materiales de construcción que este país permite introducir en esta cárcel a cielo abierto son propiedad de empresas israelíes. Sin embargo, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (UNRWA) ya ha alertado de que no ha llegado “prácticamente nada” de la ayuda acordada.

“Sobrevivo gracias a los calmantes que me dan. Todo esto por culpa del Ejército israelí”, nos dice Majdya  para dar por terminada la entrevista por los fuertes dolores que sigue sufriendo.

 

 

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