“Cuando llegué al Ejército vi a palestinos por primera vez y a entender que son realmente personas”

Texto, entrevista y edición vídeo: Patricia Simón @patriciasimon (Tel Aviv)

Imagen:Alex Zapico @zapicoalex

Subtitulado: @moresby

Hay quien es capaz de construir discursos contundentes desde la narración pausada. Quien tiene la capacidad de evidenciar la sinrazón cerrando frases cargadas de crudeza con una sonrisa que no revela alegría, sino consternación ante la locura. Quien demuestra que ser joven, mujer, dulce en las maneras y en la apariencia física no tiene nada que ver con la fortaleza ni la valentía. Hay personas, como Tal Wasser, que habiendo sido soldados israelíes, son capaces de darle la vuelta a su mundo, a la interpretación de la vida que le han inculcado desde su infancia, vencer el miedo, dar un paso al frente y sacar todos los fantasmas a la palestra pública. Pese a todas las consecuencias que les pueda acarrear.

“Cuando llegué al Ejército fue la primera vez que vi a palestinos. Había escuchado sobre ellos, sabía lo que pensaba sobre ellos, pero nunca antes había estado con ellos. A veces es más fácil hablar sobre un asunto cuando no lo conoces realmente, cuando no tienen rostro. Cuando me convertí en soldado, empecé a encontrarme con ellos y a entender que son realmente personas, no “palestinos”: niños, mujeres, padres, abuelos… Personas que están intentando vivir su vida. Y me di cuenta de que Israel no puede seguir así”.

Un puñado de palabras que resumen el origen de todo. Con claridad, aunque pudieran dar para un puñado de tesis doctorales. La construcción de un Estado, el israelí, en la que no caben los lugares de encuentro entre palestinos e israelíes. Con carreteras sólo para israelíes, con las comunicaciones a los pueblos palestinos cortadas, sin ningún tipo de señalización y prohibidas para los hebreos. Con la criminalización de la minoritaria sociedad civil crítica con la ocupación. Y con una maquinaria propagandística estatal dirigida a deshumanizar al contrario, al palestino, al potencial terrorista.

En este escenario nació y creció Tal, como cualquier joven israelí, aunque desde la ventana del kibutz donde vivía pudiera ver los edificios de la Franja de Gaza. Aunque en su comunidad, no fuera extraño que cayeran cohetes procedentes de la Franja y que creciera con el miedo a morir por ellos como algunos de sus vecinos. Y pese a que ella, aunque quisiera hacer el servicio militar “porque Israel es importante para mí y quería hacer algo importante por mi país”, creyera que “podía hacerlo mejor, ser más amable, más comprensiva, más pacífica”.

Como cuenta en la entrevista, pronto se dio cuenta de que “podía sonreír más, pero más pero eso no iba a cambiar la situación de los palestinos. Iban a tener que seguir cruzando los check points, viendo a soldados entrar en sus casas en medio de la noche… Empecé a sentirme mal por lo que estaba haciendo. Desde las seis de la mañana a las dos de la tarde, todos los días en un check point, en Nablus, por ejemplo, pidiéndole a todo el mundo que saliera de los coches, niños, ancianos (…) Y me preguntaba ‘¿Qué demonios estoy haciendo?’, ‘¿Por qué tienen que estar en esta situación por mi culpa?”.

15932424312_33e2186359_oIsrael es un Estado militarizado. En las calles, en los centros comerciales, en las estaciones de autobuses de Tel Aviv, de Jerusalén, los traseúntes se cruzan con jóvenes y adultos uniformados con sus ametralladoras cruzadas a sus espaldas como si de una mochila se tratasen. En los días de permiso, vuelven a sus hogares de uniforme y armados. En los barrios más conservadores y en los destinados a la residencia de exmilitares, las familias cuelgan de las fachadas de sus hogares pancartas enorgulleciéndose de que sus hijos estén haciendo el servicio militar en una u otra unidad. Cuanto más prestigiosa sea la unidad en la que hayan sido admitidos, más opciones para ingresar en unas u otras universidades, mejor consideración social, mejores opciones laborales. En un país diseñado a partir del patriotismo y el judaísmo, las Fuerzas Armadas representan el pilar encargado de defender su “existencia amenazada”. Un discurso que retraumatiza diariamente a su ciudadanía y que fomenta el precepto de la seguridad por encima de cualquier otra responsabilidad del Estado.

La minoría que se atreve a cuestionar públicamente el rol del Ejército en la ocupación, son considerados antipatrióticos, traidores, insubordinados. Así fueron tildados incluso por el líder laborista -izquierdista- de la oposición, Isaac Herzog, los 43 oficiales -algunos de ellos capitanes y generales- de la unidad de élite dedicada a la Inteligencia (espionaje) que este verano publicaron una carta dirigida al primer ministro, Benjamin Netanyahu, por la que se negaban a seguir “tomando parte en las acciones contra los palestinos y se negaban a continuar sirviendo como herramienta para aumentar el control sobre los territorios ocupados”. Por eso, Wasser no se atrevió a compartir sus dudas éticas con sus compañeros de unidad mientras hacia el servicio militar y no fue hasta que lo había finalizado, cuando empezó a digerir lo vivido. Fue durante el año que la mayoría de los jóvenes que han realizado el servicio militar se toman para viajar por el mundo con una beca con la que les premia el Estado israelí. La mayoría de ellos viajan por América Latina -por los bajos precios al cambio de su moneda- y Estados Unidos, con el que mantiene fuertes lazos políticos, culturales y, en muchos casos, familiares. Por eso es fácil encontrarse con grupos de jóvenes israelíes con ropa de estilo hippie en paradísiacas playas de Colombia, por ejemplo. Nadie diría por su apariencia que vienen de participar en la última ofensiva contra Gaza o de realizar incursiones nocturnas en hogares palestinos de Cisjordania.

Fue a la vuelta de este viaje “desestresante”, como lo definen muchos de ellos, cuando Wasser decidió acercarse a la ONG Breaking the Silence (Rompiendo el silencio). Integrada por exsoldados israelíes, se dedica a denunciar las violaciones de derechos humanos del Ejército israelí, a documentar los testimonios de los que necesitan exculpar sus fantasmas -muchos de ellos bajo el anonimato por miedo a represalias- y a sensibilizar a la ciudadanía sobre el rol de una institución en la ocupación de los Territorios Palestinos. Como ocurre con el resto de los rostros visibles de Breaking the Silence, Wasser ha recibido numerosas amenazas, ha sido calumniada en medios de comunicación y amigos de toda la vida han dejado de hablarle. “Es duro convertirte de repente en el malo de la película. A nadie le gusta que no te quieran. Pero estoy convencida de que esto tiene que parar, de que es posible de que convivamos pacíficamente. Si no lo creyera no haría lo que hago”.

Wasser trabaja en un hospital de Tel Aviv donde llegaban los soldados heridos durante la ofensiva contra Gaza de este verano que acabó con la vida de más de 2.200 palestinos -502 de ellos niños y niñas, y la mayoría civiles-, así como más de 10.000 heridos, muchos de ellos con secuelas permanentes. Su hermano era uno de los jóvenes que fueron destinados a Gaza durante su servicio militar. “Fue horrible. Temía por mi hermano, mis padres por los cohetes que llegaban al kibutz…Era horrible. Intentamos protestar contra lo que estaba haciendo nuestro gobierno pero…”. En esta década de existencia de Breaking the silence, la organización ha recopilado más de 950 testimonios que se pueden consultar en su web.

Objetores de conciencia

Si ya es fuerte la presión sufrida por los soldados que se atreven a cuestionar el rol del Ejército, aún mayor es la de los adolescentes que se niegan a prestar el servicio militar. Autodenominados shministim por ser el nombre en hebreo que reciben los estudiantes del último año de bachillerato, con dieciséis años, estos chavales se enfentan a toda la maquinaria estatal que no reconoce el derecho a la objeción de conciencia por razones políticas. Salvo los israelíes de origen árabe que están exentos como lo estaban hasta el año pasado los que se definían, no todos lo son, ultraortodoxos –el 25% según la ONG New Profile, dedicada a desmilitarización de la sociedad israelí–, la mayoría de los insumisos aducen razones de salud física o mental, o ser pacifistas. El 26% logran evadir así ser reclutados. Pero los que deciden objetar por razones políticas se enfrentan a encarcelamientos en prisiones militares de entre 20 y 28 días, tras los cuales, si no aceptan ingresar en las Fuerzas Armadas, vuelven a ser detenidos hasta que se enrolen, aleguen razones sanitarias o el Ministerio de Defensa termine capitulando. Así ha ocurrido con algunos objetores que adquirieron protagonismo público tras meses en prisión.

Pero en cualquier caso, según New Profile, el porcentaje de jóvenes que prestan el servicio militar obligatorio no ha dejado de caer en los últimos años: de un 52% en 2002 a menos de la mitad en 2008. Aunque no sea legal, la objeción de conciencia lleva casi medio siglo reclamando la atención en Israel a través de cartas públicas. La primera fue enviada en 1970 por un grupo de estudiantes al entonces primer ministro, Golda Meir, en la que explicaban su negativa a servir en territorios ocupados en la guerra de 1967. En 1982, un grupo de reservistas se negó a unirse a las filas en la guerra contra Líbano. Las cartas se han ido sucediendo a lo largo de los años, llevando a prisión a muchos de sus autores.

Noam Gur, 18 años, con la sentencia que la condena a prisión por negarse a hacer el servicio militar obligatorio (Activestills.org)

Noam Gur, 18 años, con la sentencia que la condena a prisión por negarse a hacer el servicio militar obligatorio (Activestills.org)

Gur firmó una de estas cartas en 2012. Se negaba a ingresar en un Ejército “dedicado a dominar otra nación, saquear y aterrorizar a la población civil que está bajo su control”. Tras dos condenas a prisión terminó argumentando problemas de salud mental, como contaba en esta entrevista en MondoWeiss.

Israel, la quinta potencia militar del mundo y la octava exportadora de armas, dedica casi un 20% de su prespuesto a gasto militar, un 18 por ciento de éste pagado por los Estados Unidos. Es habitual que los escolares reciban en sus aulas clases impartidas por militares sobre la importancia de las Fuerzas Armadas y que los hijos deseen servir en las mismas unidades en las que lo hicieron sus progenitores. Un discurso nacional basado en el miedo al otro, que desde los márgenes quiebran ciudadanas y ciudadanos israelíes como Tal Wasser o Noam Gur, que frente a la deshumanización sistemática de los palestinos ejercida desde las estancias oficiales, alzan la voz y se niegan a ser cómplices de la ocupación. Tal Wasser tuvo que convertirse en soldado para conocer a palestinos y entender que son personas, no “palestinos”. Noam Gur tuvo que declararse desequilibrada para no tener que acosar, maltratar, hostigar o, llegado el momento, asesinar palestinos. La enajenación de una sociedad, la israelí, que obliga a los cuerdos a declararse enfermos.

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