Carmel Ghoul: “La ocupación está en todas partes, en toda nuestra vida, nos atraviesa”

Entrevista y edición: Patricia Simón @patriciasimon Imagen: Alex Zapico @zapicoalex
Traducción: Ramzi Maqdisi Subtitulado: Ana D. Eiriz @moresby

Carmel, cantante del grupo de rock 12 Richter, decidió ser arquitecta para ayudar a sus vecinos palestinos de Jerusalén Este a los que Israel impide reformar o construir casas con el fin de que terminen abandonando la ciudad santa.

Carmel no puede casarse con la persona a la que ama porque el gobierno sionista no permite a los palestinos de Cisjordania viajar o vivir en Jerusalén, ni siquiera en la parte palestina.

Si fuese ella quien se mudara con su novio, perdería su permiso para residir o volver a su ciudad.

La voz de Carmel Ghoul se abre paso con rotundidad entre las guitarras, la batería, el teclado.  Su formación en música árabe clásica se intuye en los juegos vocales con los que termina los estribillos. Pero la rabia del rock refuerza el mensaje en el que Carmel terminó de encontrar la comodidad para su arte. Canta sobre niñas palestinas “que no entienden de Acuerdos de Oslo y toda esa basura”. Sobre la bandera palestina, que será prohibida en breve como otros “emblemas enemigos” por el gobierno israelí en manifestaciones; de muros y check points que hacen que “la ocupación atraviese nuestras vidas”. De hecho, para poder ensayar diariamente con su grupo 12 Richter, Carmel tiene que venir a Ramala desde Jerusalén. Un viaje que no llevaría más de media hora si no tuviera que pasar el control militar israelí de Qalandia, el más importante de Cisjordania y donde nunca se sabe si se tardará quince minutos o varias horas. Dependerá del antojo de los militares y guardias privados que lo controlan, de la intensidad de la afluencia de palestinos que tengan que esperar hacinados encerrados en estrechos pasillos de barras de metal, o de las órdenes del gobierno israelí que castiga colectivamente a los palestinos ralentizando el paso o cerrándolo directamente durante las fiestas judías o sencillamente por “razones de seguridad”. Según la ONG israelí B’Tselem, Israel limita con unos 100 check points fijos el movimiento del 1,7 millón de residentes palestinos de Cisjordania-con una extensión de 6.500 kilómetros cuadrados, más pequeña que la provincia de Málaga-. Esto sin contar con los controles militares que monta aleatoriamente y por sorpresa el Ejército hebreo y que según esta organización superaron los 280 en el mes de agosto de 2013, por ejemplo.

Por eso, cuando Carmel se dispone a salir de su casa en Jerusalén Este para dirigirse a Ramala nunca sabe cuánto tiempo le llevará, ni si finalmente podrá encontrarse con sus amigos esa tarde. O con su pareja, con la que no puede casarse precisamente por las draconianas leyes aprobadas por el gobierno israelí durante la última década. Kamal nació en Jerusalén Este –la capital prevista para el esperado Estado palestino–  por lo que cuenta con un permiso de residencia concedido por Israel que le permite trasladarse a Cisjordania. No ocurre así con los palestinos del otro lado del muro de hormigón, vallas y alambre espino que el Estado hebreo empezó a construir en el año 2002 y que ha dejado parte de Jerusalén, de hecho, del lado cisjordano. Los palestinos de este lado, no pueden viajar a Jerusalén salvo que cuenten con permisos que muy excepcionalmente se conceden. De hecho, las reagrupaciones familiares de parejas palestinas mixtas -de Jerusalén y Cisjordania- se paralizaron en 2003 y aunque supuestamente se han reanudado, en la práctica tienen más de 120.000 acumuladas y un retraso de más de 5 años en la respuesta. Además, el silencio administrativo se entiende en Israel como una denegación. Según las Naciones Unidas, el objetivo es seguir diezmando la población palestina de Jerusalén, que ya se ha reducido a un 30% del total de la ciudad santa con el fin de judeizarla. Por ejemplo, la población palestina cristiana jerosomilitana ha disminuido en un 50% en la última década: 5000 personas en la actualidad.

Por todo ello, como miles de parejas palestinas, si Carmel decidiera casarse con su novio, tendría que ser ella la que se trasladara a Cisjordania corriendo el riesgo de perder su carnet de identidad de Jerusalén si en 3 años el gobierno israelí demostrara su ausencia en la ciudad. Sólo en 2012, Israel retiró 4.577 permisos de residencia a palestinos jerosomilitanos. “Para mí es muy importante conservar mi carnet de identidad”, explica indignada Kamal. Para los palestinos, mantener su residencia en Jerusalén es también una forma de resistencia frente a la ocupación y la política de judeización de la ciudad. “No debería ser tan complicado casarme con la persona a la que amo. Lo es sólo porque ellos (el gobierno israelí) lo hace difícil”.

Tanto como para que ni siquiera los bebés nacidos en Jerusalén tengan asegurados sus carnets de identidad salvo que su padre tenga el permiso de residencia. Esto en la práctica ha dejado a miles de menores sin acceso a la educación, a la sanidad… Son incluso más apátridas que los palestinos de los Territorios Ocupados. Y todo ello, por una ley que se aprobó con caracter retroactivo y que ha expulsado de la legalidad incluso a cónyuges que llevaban años viviendo con sus familias en Jerusalén. Por ello, organizaciones como Physicians for Human Rights, una ONG de personal sanitario israelí tiene que atender a mujeres y menores palestinos nacidos y/o residentes en Jerusalén que no tienen ningún derecho reconocido.

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Carmel (A. Z.)

Carmel ha crecido en una ciudad donde sus habitantes palestinos están habituados a vivir en barrios sitiados, militarizados y donde los cortes de tráfico y los controles policiales son cotidianos e injustificados, convirtiendo sus vida en una carrera de obstáculos. El mismo día 14 de octubre, mientras un grupo de judíos ultraortodoxos irrumpía en Al Aqsa, otro de colonos tomaba –con el apoyo del Ejército– 23 viviendas en el barrio árabe de Silwan, donde ya son 29 las habitadas por familias judías. Todo ello, mientras el gobierno hebreo deniega sistemáticamente a los palestinos de Jerusalén Este los permisos necesarios para realizar cualquier reforma en sus hogares, obligándoles a vivir en condiciones infrahumanas con el objetivo de que terminen abandonándolos y facilitando así la consecución del Plan 2020. Según éste, parte de estos barrios donde ahora viven hacinados 300.000 palestinos, terminarán ese año convertidos en una inmensa área recreativa llamada Parque Rey David. Por todo ello, Carmel decidió convertirse en arquitecta y ayudar a sus conciudadanos a aprovechar los huecos legales para mejorar sus condiciones de vida. “Crecí viendo desde mi ventana edificios bien diseñados y calles espaciosas con zonas verdes. Pero yo no tenía eso. Nos obligan a pagar impuestos por calles que nunca serán construidas, por la recogida de la basura que no hacen y que tenemos que quemar…”.

Una de las principales tareas que tiene el estudio en el que trabaja Carmel es impedir las órdenes de derribo. “Hay una persona que viene todos los días y nos da la orden de demolición de su casa. Cuando ves su casa… Su casa va a ser destruida y él sólo puede quedarse ahí esperando… Vive con su familia allí”. Según el Comité Israelí contra las demoliciones de casas, desde 1967 han sido destruidas más de 27.000 estructuras palestinas en los Territorios Ocupados. De éstas, más de 2.000 viviendas fueron destruidas en Jerusalén Este y sólo entre el año 2000 y 2008, el 33,5%. A la vez, pese a que las infracciones cometidas por los palestinos sólo suponen el 20% del total, el 70% de las demoliciones afectan a sus propiedades. O dicho de otro modo: aunque los judíos representan el 68% del total de la población, sus propiedades sólo han sido afectadas en un 28%.

Mientras, el olor fecal de las aguas con las que los camiones del Ejército suelen regar los barrios palestinos de Jerusalén Este persiste días después de que fueran vertidas. Los bidones de basura arden ante la inoperancia de una Alcaldía que cobra los impuestos por la recogida de los desechos como en cualquier otra parte de la ciudad, pero que castiga a los barrios árabes con el abandono de sus responsabilidades. Por ello, sus habitantes se ven obligados a quemarlos para evitar agravar la situación de insalubridad. De hecho, sólo la mitad de ellos cuentan con acceso a una red de agua potable. Los que trabajan o estudian en otras zonas de la ciudad, a menudo tienen que esperar para volver hasta pasada la medianoche cuando, con suerte, las cargas y redadas policiales han cesado.  En medio de este asedio, los jerosomilitanos palestinos han visto cómo en los últimos meses se han endurecido las batallas campales entre el Ejército israelí y grupos de menores que matan el hartazgo tirándoles piedras y que ,en muchos casos, terminan detenidos y trasladados a cárceles sin asistencia legal ni visitas de sus familiares durante meses, o condenados a arrestos domiciliarios que les impiden acudir al colegio.“He tenido que llevar a mi sobrino, un bebé de 17 meses, al hospital por insuficiencia respiratoria por los gases lacrimógenos. Suelen dispararlos junto a las casas, a veces incluso dentro”, nos contaba el 15 de octubre uno de los vecinos de Isawiya.

La escalada de la tensión comenzó a mediados de junio, cuando tres estudiantes colonos fueron secuestrados cerca de Hebrón y hallados muertos a principios de julio. El gobierno de Netanyahu responsabilizó desde el primer momento a Hamás de su muerte y lanzó un operativo que acabó con la detención de más de 500 palestinos de Cisjordania acusados de pertenecer al Movimiento de Resistencia Islamista. Mientras, grupos de judíos ultraortodoxos realizaban incursiones en los barrios árabes de Jerusalén para atacar a su población en venganza por la muerte de los colonos. Quemaron vivo –según la autopsia realizada por la Fiscalía palestina– a Mohamad Abdel Ghani Uweili, 16 años, y un par de días después, la policía israelí apaleó a su primo, un joven estadounidense que pasaba sus vacaciones en el barrio de su familia.

El verano terminó bañado en sangre con la masacre ejecutada contra la población, mayoritariamente civil, de Gaza en respuesta –a todas luces desproporcionada e ilegal– a los cohetes lanzados por Hamás contras las localidades cercanas israelíes. En Cisjordania, esta misma semana, dos niñas palestinas han sido atropelladas a la salida de la guardería por un colono que se dio a la fuga. Una de ellas, Enas Shawkat, fallecía ante el silencio de la comunidad internacional. Dos días después, un palestino embestía con su coche a ocho colonos judíos que esperaban en la parada del tranvía que atraviesa Jerusalén. Una bebé de tres meses moría fruto del impacto. El responsable fue abatido a tiros cuando intentaba huir a pie. Ese mismo día, un niño moría en Gaza al manipular un proyectil no explosionado lanzado por el Ejército israelí durante el ataque que arrasó la Franja este verano.

Esta Jerusalén, tan alejada de la percibida por las turbas de turistas que recorren diariamente sus calles, es la ciudad en la que vive Carmel, tan cerca y tan lejos a la vez de Ramala y de su amado. La pretendida capital de un Estado palestino que sigue sin constituirse, separada por el resto de “su país” por check points, vallas, alambres de espinos…. A ellos y contra ellos canta Carmel, a un lado y otro del muro.

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