Gloria Luna Rivillas: “Mi dignidad como mujer, negra, chocoana y latinoamericana no la negocio con nadie”

Entrevista: Patricia Simón @patriciasimon y Rocío Muñoz Texto y fotos: Patricia Simón (Quibdó, Colombia)

Gloria Luna Rivillas es portavoz de la Red Departamental de Mujeres Chocoanas, una organización dedicada a la lucha por la igualdad de oportunidades de las mujeres afrodescendientes.

El paramilitarismo y la guerrilla de las FARC, en menor medida, siguen controlando la vida cotidiana de muchos de los habitantes de El Chocó, el departamento más pobre de Colombia pese a aportar algunos de los yacimientos mineros más lucrativos del país.

El papá de Gloria Luna no tenía dinero para comprar los libros cuando estudiaba. Era uno de los poquísimos negros que había llegado a la universidad de Antioquia por aquellos tiempos, por lo que algunos profesores les dejaban los suyos. El papá se los dictaba a la mamá de Gloria y ella los transcribía. Así se sacó él su carrera de medicina, con los libros manuscritos por su mujer. Durante tres horas Gloria Luna nos ha estado contando su medio siglo de vida, su lucha estudiantil, su trabajo con otras mujeres por la igualdad, las amenazas que ha sufrido, los amigos que la escondieron en su casa, que su dignidad como mujer, negra, chocoana, colombiana y latinoamericana no la negocia con nadie. El único momento en el que llora es cuando recuerda cómo sus entonces jóvenes padres se recitaban las claves para curar a los habitantes de su Chocó, el departamento más pobre, más aislado y desprotegido por el Estado de Colombia. El hecho de que más del 80% de su población sea afrodescendiente, el 12% indígenas y el resto mestizos, revela el racismo estructural que sigue arrastrando este país. El que sea el territorio más rico en yacimientos mineros de platino y también es rico en oro, plata, cobre y caliza entre otros, algunas de las claves de una guerra que se sigue financiando de la mano de materias destinadas al comercio exterior y la exportación de cocaína.

Vista del río Atrato desde Riosucio, una de las poblaciones chocoanas más castigadas por el paramilitarismo, las FARC y los enfrentamientos entre ambos (P.S.)

Vista del río Atrato desde Riosucio, una de las poblaciones chocoanas más castigadas por el paramilitarismo, las FARC y los enfrentamientos entre ambos (P.S.)

Cuando Álvaro Uribe Vélez asume la Presidencia de Colombia en 2002, 12.000 hombres en armas amenazaban, desplazaban, asesinaban, violaban, ponían y quitaban cargos políticos por todo el país bajo el paraguas de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Eran cifras del propio Ministerio de Defensa Nacional. Cuatro años después, tras oscuros acuerdos de desmovilización con los mandos por parte del gobierno, más de 35.000 paramilitares se habían acogido a los beneficios del proceso de paz. Todavía quedaban, de nuevo según cifras oficiales, 5.000 paramilitares dominando las mismas regiones del país, entre ellas, el Chocó. Cifras que no encajan de una guerra que se recicla para persistir.

Desde que las Autodefensas llegarón al departamenco chocoano en 1997, financiadas por comerciantes, mineros y narcotraficantes con el fin de que protegieran sus negocios -la mayoría ilícitos- del asedio de las guerrillas –fundamentalmente de las FARC-, han asesinado a más de 12.000 personas. Aún hoy, cuando la atención internacional está centrada en el proceso de paz del gobierno de Juan Manuel Santos con las FARC, el paramilitarismo sigue rigiendo la vida cotidiana de muchos de sus habitantes. “Ellos son los que regulan la vida cotidiana, quién puede pasar por tal parte. Hay gente que está confinada en su propio territorio, que no pueden llamar por teléfono, que no pueden salir de tantos kilómetros, lo que provoca crisis alimentarias (…) tenemos mucha malnutrición entre los niños. Decir paramilitarismo y narcotráfico es lo mismo para mí”.

Río Atrato

Río Atrato

Las llamadas pangas, las barcazas para el transporte de personas por el río Atrato (P.S.)

Las llamadas pangas, las barcazas para el transporte de personas por el río Atrato (P.S.)

Recorrer el Atrato, el río que comunica la capital Quibdó con el mar Caribe, puede llevar entre 7 y 15 horas, como en el caso de estas periodistas. A bordo de una barcaza con una veintena de asientos aunque acoja a bastantes más viajeros, es la vía más empleada para la mayoría de los chocoanos. Por más tiempo que se alargue el viaje e imprevistos que se amontonen como motores que dejan de funcionar poco después de zarpar, depósitos de gasolina que no alcanzan para el total del recorrido, barqueros que deciden unilateralmente abandonar al pasaje a mitad de camino, oscuros personajes que con su actitud prepotente siembran el temor entre la tripulación y que a última hora pagan la gasolina necesaria para completar el recorrido… Pese a todo ello, nadie habla con nadie, nadie confía en el que tiene sentado al lado. Así que el viaje transcurre la mayor parte del tiempo en un tupido silencio, incluso cuando se hace noche cerrada y el patrón continúa esquivando a toda velocidad los troncos que la industria maderera arroja al río para que su corriente los traslade. Durante todas estas horas hemos estado surcando las aguas de un enorme cementerio: el río más caudaloso de Colombia, el que riega la zona con más biodiversidad del mundo, controlado aún en importantes tramos por paramilitares y guerrillas, y donde miles de cadáveres de víctimas de la guerra han sido arrojados.

El Chocó es el único departamento que tiene salida a los océanos Pacífico y Atlántico y el único fronterizo con Panamá. Por ello y por el histórico abandono estatal al que ha estado condenado, sus ríos han sido empleados por los grupos ilegales para el contrabando. Su conformación demográfica fundamentalmente afrodescendiente e indígena en un país profundamente racista en su conformación institucional, dominada por las blancas élites económicas del país, sólo ha hecho profundizar en el expolio económico de la región, la más rica en yacimientos mineros a la vez que la más pobre, con los mayores índices de malnutrición, analfabetismo y defunciones de recién nacidos. De su casi medio millón de habitantes, el 68% vive en la pobreza y el 40,7% en la pobreza extrema, según cifras de 2013 del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE).

Poblado del río Atrato (P.S.)

Poblado del río Atrato (P.S.)

En esta región nació Gloria Luna Rivillas, portavoz de la Red Departamental de Mujeres Chocoanas, quien gracias al esfuerzo de sus padres y a su propia perseverancia, consiguió licenciarse como historiadora en Medellín. Feminista, activista por los derechos  de los afrodescendientes, trabaja con sus compañeras por la igualdad de oportunidades de las mujeres de esta región, su independencia económica y su participación política para la construcción de un Estado que deje de ningunear una región para la que llegar en coche supone un viaje de diez horas en coche mínimo por una destartalada vía que cuesta creer que comunique dos capitales departamentales, Medellín y Quibdó. Esta falta de inversión en las estructuras viarias obliga a desplazarse a través de los ríos o por avión, una opción esta última inasumible por la mayoría de su población.

La propia Conferencia Episcopal de Colombia, en un acto de su asamblea plenaria a principios de 2014, hizo público un comunicado en el que alertaba sobre la “grave crisis humanitaria” que viven los chocoanos, que afecta “al derecho a la vida, a la libre movilización, la salud, vivienda, o la educación entre otros”. Los religiosos definieron la situación

Las enfermedades cutáneas son comúnes entre la población, especialmente la que está expuesta a las fumigaciones de las plantaciones de coca y las que viven en la ribera del río por la contaminación de éste (P.S.)

Las enfermedades cutáneas son comúnes entre la población, especialmente la que está expuesta a las fumigaciones de las plantaciones de coca y las que viven en la ribera del río por la contaminación de éste (P.S.).

como un estado de “guerra” en el que sus habitantes sufren continuamente desplazamientos forzados masivos y bloqueo económico, ocupación de escuelas y casas comunitarias, intimidación, usurpación territorial, violaciones sexuales, asesinatos selectivos y amenazas, entre otros. Por ello, el Chocó es el mayor foco de desplazamiento forzoso del país -el segundo mayor del mundo con más de 5,3 millones de refugiados internos- según el Observatorio de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario de la Presidencia de la República.

Por todo ello, nadie compra el discurso sobra la paz en Chocó, aunque ahora la limpieza social no se bata tan cruentamente en sus calles como en 2009, cuando las bandas criminales herederas del paramilitarismo repartían panfletos por Quibdó advirtiendo a los que estigmatizaban como prostitutas, indigentes y drogadictos de que serían asesinados. Cada semana, varias personas aparecían degolladas en los barrios más míseros o flotando en el río sin que se abrieran investigaciones, siguiendo la estela de la impunidad que aún hoy provoca que la mayoría de las víctimas no acudan a las autoridades, de las que desconfían por su trayectoria de connivencia cuando no cooperación con el paramilitarismo, un sistema clientelar que se gestó conjugando la estructura militar con la alianza con cargos políticos corruptos que les permitían actuar sobre el territorio, enriquecerse con el narcotráfico pero también con concesiones de obras y servicios públicos y que terminó siendo reconocido como un ente político por el gobierno de Álvaro Uribe cuando equiparó el proceso de paz con éstas con los abordados hasta el momento con guerrillas izquierdistas como las FARC y el M19, como cuenta en su libro Fin del Paramilitarismo. ¿Es posible su desmonte?, del entonces senador Rafael Pardo Rueda.

Fue también en el Chocó donde el paramilitarismo se abasteció de más niños y niñas soldado, para combatir, abusar sexualmente de ellos así como realizar tareas de mantenimiento en los campamentos. De boca de Freddy Rendón Herrera, ‘El Alemán’, exjefe del bloque Élmer Cárdenas, acusado por la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz de cometer más de 110 crímenes de lesa humanidad en el Chocó, sabemos que más de 300 niños y niñas fueron destrozados física y psicológicamente por este grupo. Una de las niñas identificadas contó a la Fiscalía cómo le obligaron a rajar un cadaver: “Soy huérfana. Una tía me propuso que me fuera para las autodefensas, tenía 15 años. Me mandaron para una escuela dos meses. Un día me entregaron a un tipo que estaba haciendo inteligencia para que lo matara, pero un compañero que estaba enamorado de mí fue el que le disparó en la cabeza. Por eso nos castigaron y me obligaron a rajar el cadáver. Me operaron de una hernia inguinal por cargar tanto peso. Me salí a mediados del 2005 porque estaba embarazada”.

Comunidad indígena en el río Atrato (P.S.)

Comunidad indígena en el río Atrato (P.S.)

‘El Alemán’, según las investigaciones de la Fiscalía referenciadas por Verdadabierta.com, es uno de los paramilitares que más tierras ha despojado a los campesinos, muchas de esas miles de hectáreas para dedicarlas al cultivo de palma africana y la industria maderera. En 2006, después que la mayoría de los bloques paramilitares, el frente Élmer Cárdenas inicia el proceso de desmovilización por el que 1538 personas entregan sus armas. Uno de ellos, su hermano Daniel Rendón, que después pasaría a ser conocido como “Don Mario”, el principal jefe del narcotráfico en Colombia y de las bandas herederas del paramilitarismo que siguen controlando las mismas zonas chocoanas donde actuaban los hombres al mando de su hermano ‘El Alemán’. O lo que es lo mismo, y como lo resume Gloria Luna: “Aquí el paramilitarismo sigue muy vivo, sólo ha cambiado sus dinámicas”.

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