María Ovidia Pelechor: “No hablen de paz cuando ni siquiera están escuchando lo que quieren las mujeres”

Entrevista y texto: Patricia Simón Vídeo: Alex Zapico (Popayán, Departamento del Cauca)

María Ovidia no necesita revestir sus palabras de un tono tajante ni altisonante para atrapar con su discurso. Ni siquiera mover las manos ni los brazos, abrigados bajo el poncho de lana tejido en su pueblo andino yanacona. Tampoco necesita subrayar las dudas, el dolor ni las esperanzas con movimientos de cejas o silencios prolongados. María Ovidia se verbaliza a ella, como si su propia historia reuniera la de los pueblos originarios colombianos, con voz bajita y pausadamente. Como cuando la guardia indígena –el ejército de “guerreros de paz” del Cauca conformado por hombres, mujeres y niños indígenas– estremece con su poder con su sola presencia y el golpeteo sordo de sus bastones de mando.

“¿Qué va a suceder con las víctimas? ¿Qué va a suceder con los pueblos indígenas? Porque realmente es un proceso bilateral entre el gobierno y las FARC. No han incorporado las propuestas de la sociedad civil ni de los pueblos indígenas. Las mujeres les hemos dicho que no hablen de paz cuando ni siquiera nos están escuchando (…) No necesitamos más violencia, no necesitamos que nuestros hijos sean llevados por los grupos armados, ni que el gobierno a través de las fuerzas militares recluten a nuestros jóvenes, ni que enamoren a nuestras niñas… Si esto es en este contexto, ¿cómo será cuando salga tanta gente acostumbrada a manejar las armas, a promover la violencia? ¿Será que va a pasar lo mismo que en El Salvador, que en Guatemala?“.

María Ovidia Pelechor es un reconocida lideresa integrante del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), una organización surgida en 1971 para proteger la supervivencia de los pueblos indígenas de esta región de Colombia, la de mayor porcentaje de población originaria, casi el 20% del 1.200.000 caucanos. Hay que recordar que el exterminio de estos pueblos en Colombia redujo su población hasta el actual 2,5% del total de sus habitantes. Quinientas comunidades repartidas por todo el país con más de 60 lenguas diferentes.

El Cauca, una de las regiones con mayor concentración de la tierra
Según un estudio realizado por la Universidad Nacional, la Javeriana y el Instituto Colombiano de Desarrollo Rural (INCODER), en el año 2000 se estimaba que el 61% de sus 29.000 kilómetros cuadrados de superficie están en manos del 5% de los propietarios. Esta desigualdad está en el origen mismo del conflicto que asola el país desde hace más de medio siglo: las guerrillas de las FARC, el ELN, el M-19 y la que éste formó con indígenas, el Movimiento Armando Quintín Lame, tuvieron sus primeros frentes en esta región.

En este contexto nace el CRIC, una de las organizaciones más represaliadas por la oligarquía, las fuerzas armadas del Estado, el paramilitarismo y la guerrilla de las FARC. Decenas de sus dirigentes han sido asesinados, torturados, desplazados y desaparecidos. Ya antes de que el paramilitarismo regara de sangre el país, y especialmente con la de los líderes comunitarios, sociales y sindicales, el Instituto Interamericano de Derechos Humanos publicaba un informe sobre violaciones de derechos indígenas en el continente latinoamericano entre 1970 y 1985 en el que se recogían once casos del Cauca colombiano sobre masacres, asesinatos colectivos, desplazamientos, hostigamientos y violaciones sexuales. Muchos de ellos incluían el asesinato de integrantes del CRIC. La misma División de Asuntos Indígenas del Ministerio de Gobierno registró 155 denuncias por hechos atribuidos en su mayoría a terratenientes y agentes estatales entre 1972 y 1979. En 1985, el CRIC denuncia la injerencia de las FARC en las comunidades y se opone públicamente a que esta guerrilla, el Ejército y cualquier grupo armado tuvieran presencia en su territorio. Una demanda que se mantiene en la actualidad.

Con la llegada del paramilitarismo en el año 2000, la barbarie se extendió hasta el punto de que de 648 desplazamientos registrados en 1999 el departamento pasó a tener 20.075 desplazados en el año siguiente. Según recopila el portal Verdadabierta.com, la Fiscalía de Justicia y Paz atribuye a los paramilitares del Bloque Calima 2.306 homicidios, 1.367 desplazamientos forzados y 180 desapariciones forzadas, entre otros crímenes. Entre 1997 y agosto de 2010, de este departamento salieron desplazadas 140.000 personas.

La guerra contra los actores armados y la minería

Los pasillos de la sede en Popayán del CRIC están atestados de hombres, mujeres y niños que reciben un curso de Médicos Sin Fronteras en el patio central, preparan una vista judicial por un desalojo de una comunidad de sus tierras, preparan el próximo boletín de la radio comunitaria, o trabajan en la gestión de los gobiernos comunitarios (cabildos) indígenas reconocidos constitucionalmente y cuya responsabilidad recae en este organismo. En medio de ese trajín resulta imposible encontrar un hueco en la agenda de María Ovidia y menos un resquicio de tranquilidad en este edificio para poder entrevistarla, por lo que nos citamos para el día siguiente en su casa, rodeados de las artesanías realizadas por su marido, los cuadernos de su hija y las pilas de libros sobre feminismos -entre ellos uno realizado por integrantes del 15M de Barcelona-, pueblos originarios, derecho internacional humanitario…

“Tengo catorce hermanos y vivíamos en diferentes sitios porque éramos pueblos nómadas (…) Desde muy pequeña no me gustaba estar en la cocina, me gustaba estar fuera de la casa. Me iba con mi papá a sembrar maíz, cosechar papa, a aprender las prácticas de nuestra cultura, acompañarle en las reuniones…. Mi papá sacaba madera y como yo era la más grandecita pues tenía que cocinar… Entonces, como un poco ahora, se decía que las mujeres para qué iban a estudiar. Pero para mí había otros sueños”.

María Ovidia recuerda cómo sabía que su madre estaba casi siempre embarazada por su vientre hinchado, cómo ella ya se daba cuenta de que esa mujer nunca tenía tiempo para sí misma y la temprana certeza de que no quería repetir ese esquema. “Veía cómo las mujeres tenían mucho trabajo, cómo las maltrataban físicamente, y que no tenían posibilidad de hablar. Siendo muy niña soñaba con que algún día podría estudiar y trabajar por la defensa de los derechos de las mujeres”. Pero para conseguirlo tuvo que saltarse muchas de las reglas que dominaban su entorno: escaparse de casa, la primera. Así, a los catorce años empezó a participar en grupos artísticos reivindicativos y a los 16, recuerda, acudía a su primera manifestación por la defensa de los servicios públicos. Estudiaba, trabajaba, tenía a su primera hija, volvía a estudiar, se separaba de su primer compañero sentimental porque no aceptaba su independencia, se licenciaba en psicología social con enfoque comunitario, realizaba una maestría en la Universidad Indígena del CRIC sobre desarrollo con identidad, se vuelve a emparejar con un hombre que es compañero de verdad y que asume la crianza de su hija mientras ella viaja defendiendo los derechos de las mujeres indígenas… rompiendo una y otra vez con las etapas dictadas por lo que se considera apropiado y posible, más para una mujer, indígena y pobre. Por eso a María Ovidia le sobran los adornos, como a la verdad los epítetos.

Afuera de su casa, ruido constante de coches y motos, sencillas viviendas que se engarzan a las suaves colinas que rodean Popayán, ciudad colonial que fue devastada hasta sus cimientos a principios de los años 80 y posteriormente reconstruida por los fondos de ayuda internacional que llegaron sin orden ni concierto en los días posteriores. Ahora, la población indígena desplazada por el conflicto de sus tierras, sobrevive, se organiza y lucha desde sus cinturones.

“En el Cauca tenemos asesinatos de jóvenes inocentes a manos de las fuerzas armadas, en concreto de la brigada 49 en Santa Matigua de Cardono. Esto no es un secreto. Hay trece casos entre los cuales está el compañero Fabián, el de un comunero con discapacidad mental, la tortura de unos jóvenes… También está el problema sexual de nuestras niñas: les da miedo salir de sus casas porque por el camino se encuentran con los soldados que intentan abusar de ellas. Son crímenes de Estado porque montan un montón de mentiras sobre el hecho y finalmente todo lo justifican con un error. Y yo digo ¿tantos errores con una comunidad, tantos por la misma brigada? Y estamos en negociaciones de paz. Por eso cada día nos preguntamos qué va a pasar”.

De hecho, la percepción entre muchas de las personas indígenas entrevistadas en el Cauca es que la negociación de La Habana reúne a dos de sus grandes aniquiladores: las FARC, que sólo en el año 2010 atacó en 43 ocasiones poblaciones del Cauca, y el Estado, que incluye a los paramilitares que tantas veces actuaron de la mano de las fuerzas de seguridad. Mientras, y pese a la estética desmovilización del paramilitarismo en los años 2003-2004, las llamadas bandas criminales (BACRIM,) herederas de éstos, siguen actuando, asesinando y amedrentando a la población. En un artículo de Verdadabierta.com se recoge cómo desde 2009 los grupos criminales Águilas Negras y Rastrojos siguen hostigando mediante panfletos amenazantes a líderes comunitarios indígenas, afrodescendientes y comunitarios, utilizando la misma estrategia que en los años duros del paramilitarismo: acusándoles de vínculos con las guerrillas. Igualmente han sido reconocidos algunos de sus integrantes de cuando actuaban bajo las siglas de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y los combates de éstos con la guerrilla de las FARC han afectado a poblaciones civiles situadas en medio de los enfrentamientos.

“Queremos que se diga la verdad, que salgan los autores intelectuales de los asesinatos. Parece que (las FARC y el gobierno) estuvieran midiendo fuerzas a ver quién mata más y quien mata más, gana. Así no debería ser el proceso de paz, porque la paz es equilibrio y respeto mínimamente por la vida de la gente”, lamenta María Ovidia.

En este sentido, el informe anual de la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC) denuncia que en 2013 más de 6.000 indígenas sufrieron confinamiento en varios departamentos, entre ellos el del Cauca; 24 líderes de derechos humanos han sido asesinados y otros 27 han sufrido atentados de los que resultaron gravemente heridos. La guerra en Colombia sigue cobrándose vidas aunque el escenario de negociaciones de paz haya sido utilizado por numerosos países enriquecidos para eliminarla de las agendas de derechos humanos de sus agencias de cooperación al desarrollo.

En el caso del Cauca, María Ovidia especifica que han registrado “alrededor de 2571 casos victimizantes entre homicidios, desplazamientos, violación sexual… (…) Tenemos muchos compañeros amenazados, judicializados por defender la tierra o los sitios sagrados, lo que históricamente ha sido nuestro en el sentido que nos permita vivir. La posibilidad de que le puedan montar todo lo que no es a una mujer o un hombre indígena, a un dirigente sindical está latente. Diríamos que es una estrategia que tiene el gobierno para acallar a la gente y que no reclame sus derechos”. En estos momentos, 42 líderes y comuneros han sido acusados de rebelión por defender los derechos de la naturaleza y de sus pobladores indígenas.

Licencias mineras solicitadas y concedidas en el Cauca (lasillavacia.com)

Licencias mineras solicitadas y concedidas en el Cauca (lasillavacia.com)

El Cauca juega un papel fundamental en la política económica del presidente Juan Manuel Santos. La minería, una de sus llamadas locomotoras de desarrollo, prevee dedicar aquí más de 600.000 hectáreas a la extracción de oro y cobre, entre otros recurso. El 56% del territorio de un departamento estratégico medioambientalmente por su biodiversidad y por su peso acuífero al ser el origen de los dos principales ríos colombianos, el Magdalena y el Cauca. Por eso, la cruzada de los indígenas en el Cauca no es sólo contra los actores armados, sino también contra la megaminería que amenaza a la Madre Tierra y a su sustento basado en la agricultura y la ganadería.  O como lo resumió Eduardo Galeano, “somos pobres porque es rico el suelo que pisamos”.

“Es en el Cauca es donde se defienden los derechos no sólo para los pueblos indígenas sino para la humanidad. Hoy la lucha es la defensa de la tierra, que se piensa que es comerciable cuando hacemos parte de ella”, subraya María Ovidia que junto a su familia trabaja por la recuperación de la cosmovisión indígena.

“Todos aquellos que están por el exterminio de los pueblos no lo van a lograr porque como dice la canción ‘mataran uno y nacerán mil’. Y además espiritualmente siempre estarán nuestros mayores acompañándonos”, advierte María Ovidia, quien añade: “En Colombia luchar contra la estructura estatal es muy peligroso y todo el mundo le hace el quite porque le da miedo (…) Implica morirse mucha gente, amenazas… Los que nos atrevemos a hablar es porque realmente hay que hacerlo, porque es mejor morir de pie y hablando que morir arrodillado”. La Corte Constitucional de Colombia en autos de 2011 y 2012 reconocía que 65 pueblos indígenas están en riesgo de extinción por factores vinculados con el conflicto armado. Por ello, una de sus principales demandas es la ausencia de cualquier grupo armado o militar en los territorios, cuyo terror se extiende por las minas antipersona y que sólo en 2013 se cobraron la vida de 31 menores. Según International Campaing for the Banning of Landmines (ICBL), Colombia es el tercer país que más sigue empleando estos artefactos después de Camboya y Afganistán.
El machismo en los movimientos indígenas

“Es muy complejo que los compañeros entiendan que las mujeres también aportan, participan, lideran procesos y que su aporte es muy valioso”, admite María Ovidia quien observa diferencias en la práctica política entre sus compañeros y compañeros. “Las mujeres damos muy pocas vueltas y hacemos las cosas. Los compañeros dicen, dicen y dicen para hacer. Nosotras trasladamos el ejercicio de la familia y la casa a lo comunitario. Siempre estamos pensando en ser equitativas, en el trabajo colectivo, en que todos tengamos por igual. Y la otra diferencia es la responsabilidad con la que hacemos las cosas. Muchas mujeres que son o han sido autoridades en el proceso es por su seriedad, por su empuje, porque se entregan de lleno a hacer estos procesos”. La cosmogonía indígena también diferencia las energías de unos y otras: “Para los que trabajan la relación con la naturaleza es muy importante la energía femenina por la fuerza que tiene, mucho más de sabiduría, de táctica, de cuidado”.

Pese a ello, y como atestiguan todos los informes, María Ovidia denuncia que “en territorios indígenas las más afectadas son las mujeres: las viudas, las mamás que les roban sus hijos, las violadas..(…). No queremos más guerra, queremos paz, queremos equilibrio y vivir con tranquilidad. Es lo que queremos para las futuras generaciones”.

Mientras, María Ovidia pide a la comunidad internacional “que todo el mundo esté muy atento porque en Colombia el exterminio contra los pueblos indígenas sigue, la sistematización de violencia contra las mujeres sigue, el despojo territorial sigue, la violación de derechos humanos sigue y cada día es peor y con diferentes estrategias. No estamos diciendo que no queramos que se negocie, que no queramos la paz, sino que la paz no debe ser por las ramas si las raíces están podridas”.

En cualquier caso, el trabajo de mujeres y hombres como María Ovidia ya ha generado algunos avances impensables allá cuando esta mujer tuvo que escaparse de su hogar: “Hay cosas muy interesantes que ha ganado el movimiento indígena, como la universidad indígena, la construcción del tema de educación propia, la autoridad ambiental indígena, la conformación del control territorial a través de la guardia (…) Pero mi sueño sigue siendo que una día las mujeres sean atendidas como deben serlo”. Empezando por el Estado y siguiendo por sus propios compañeros activistas indígenas.

Propuestas de paz de María Ovidia:

  • El primer territorio sagrado de las mujeres es el cuerpo, por lo que queremos la erradicación de todas la violencia contra las mujeres
  • Que se piense en la economía de las mujeres, las que más aportan aunque no se les reconozca.
  • El respeto a nuestra cosmovisión de la vida.
  • Revisar qué se les ha garantizado a las mujeres laboralmente, en la salud y en todos nuestros derechos.
  • Qué van a hacer los grupos armados y el Estado para garantizar la armonización y la sanación de nuestros hijos que se han llevado para que puedan volver a convivir en las comunidades.
  • Cómo va a ser la armonización de las mujeres víctimas del conflicto

Lecturas recomendadas:

El fantasma paramilitar en Cauca, por Verdadabierta.com

Cómo ganar la paz en el Cauca, por Gustavo Wilches-Chaux publicado en razonpublica.com

Minería en Colombia, ¿a qué precio?, Brigadistas Internacionales de Paz.

 

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