“Tengo la obligación con la gente y conmigo misma de estar viva”

Entrevista y texto: Patricia Simón      Vídeo y fotos: Alex Zapico (Bogotá)

Cuando Mari La negra nació y su padre descubrió que era niña, decidió obviarla. De ahí dice que le viene su lucha contra el patriarcado esta afrodescendiente que ya a los catorce años trabajaba en los barrios empobrecidos de Cartagena.

Con apenas veinte años y un bebé, esta trabajadora social es encarcelada y violada por agentes del Estado para torturarla por su relación con el sindicalismo. Mari se refugió entonces en la mina de El Cerrejón donde, disfrazada de hombre, arrancaba carbón sin descanso para no pensar. Pocos meses después, lideraba la formación del primer sindicato en esta empresa que hoy día exporta carbón a Asturias.

Las amenazas volvieron a obligarla a huir, pero allá donde ha ido desde entonces no ha cejado en su empeño por mejorar las condiciones de vida de las víctimas de la guerra y la pobreza: construyendo colegios y fomentando el asociacionismo y la denuncia social.

A María de Jesús de L’Hoeste nadie la conoce por este nombre, pero casi todo el mundo en el ámbito de los derechos humanos la conoce. Mari ‘La Negra’ tiene 50 años y nació hace mil vidas en Cartagena, la ciudad turística por excelencia, donde se celebran los grandes fastos internacionales “en los que se reparten los recursos y riquezas de nuestro país” y donde la miseria se representa con frías cifras como un 76% de desempleo y sus miserables consecuencias, “niños que se mueren de hambre”, nos recuerda. Cuando su madre la dio a luz, su padre, convencido de que iba a ser varón, decidió obviarla. Así hasta que un día, aquel bebé de 8 meses tropezó y empezó a sangrar. Entonces este militar conservador de raíces francesas la cogió en brazos. Fue entonces cuando la reconoció como la hija que era y pidió a su dios que la vida sólo le diera hijas, y prometió llamarlas a todas de primer nombre María. Y así llegaron dos Marías más a su vida y ningún niño.

Mari creció mamando la disciplina militar de su padre, “mi mejor amigo  y aliado”, y la preocupación social y religiosa de su madre. Así llegó, para nunca más abandonarlos, a los arrabales de Cartagena, donde primero se hacinaban en la miseria las familias desplazadas por la pobreza y la guerra entre el Estado y las guerrillas, y después los expulsados de sus tierras y casas por el paramilitarismo.

Mari La Negra (Alex Zapico)

Mari La Negra (Alex Zapico)

La primera vez que la detuvieron, junto a otros 36 estudiantes universitarios por protestar contra las políticas ejecutadas por el gobierno contra la educación pública, sus compañeros fueron puestos en libertad con celeridad, pero ella permaneció tres días en calabozo. Fue su propio padre -teniente de la base naval- quien intercedió por los otros estudiantes y quien ordenó que su hija que se quedara para “que sepa lo que está haciendo”. Cuando fue puesta en libertad la castigó a permanecer encerrada en su habitación durante una semana… estudiando los cuatro tomos de Marx. Cada noche la examinaba sobre lo estudiado. “No estoy de acuerdo, pero si es lo que usted quiere ser, sea la mejor dirigente, sea la mejor revolucionaria, sea la mejor persona”, le dijo una de aquellas noches antes de empezarle a formar en las estrategias represivas y de inteligencia del Estado. Dos meses después su padre murió.

Mari tenía entonces 20 años, una niña de un mes de vida y seis años a sus espaldas de implicación en la lucha social. Seguía estudiando trabajo social así que salía de clase para amamantar a su bebé, que corría entre los brazos de los compañeros de estudios de su madre, de sus profesores, pero sobre todo de las hermanas y la madre de Mari.  “Sin ellas yo no habría podido, porque ésa es la desgracia de las mujeres, que nos ata mucho ser madres”.

“A pesar de que nací del proceso universitario, lo mío eran las comunidades populares. Aunque no nací en ellas, de ahí salí, de ese cinturón de miseria de Cartagena que es muy grande. Empecé en el Frente de Barrios Pobres, con los jóvenes y con las mujeres. Logré hacer esa articulación extramuros de la universidad y empecé a llevarme a universitarios allí a construir escuelas camilistas”. El pensamiento de Camilo Torres Restrepo, el sacerdote que ingresó y murió en las filas de la guerrilla izquierdista Ejército de Liberación Nacional (ELN), caló profundamente en las ideas políticas de Mari. La teología de la liberación y el marxismo se conjugaron en la organización camilista A luchar, de la que era simpatizante, pero no sólo. Sus días transcurrían compartiendo y debatiendo con miembros del partido comunista, la guerrilla que luego se convirtió en partido político del M-19, con la Unión Sindical Obrera (USO)… Mientras, Mari empezó a trabajar en la Alcaldía de Barranquilla como trabajadora social y paría a su segundo hijo.

Durante un evento de la USO a mediados de los años 80 es encarcelada. “Es la primera vez que lo cuento. Cogieron a mucha gente sindicada acusada de ser guerrillera. Me cogieron por el cabello, nos desaparecieron tres días, no sé dónde porque estaba vendada. Me torturaron, me violaron. Eso fue horrible (…) Ellos tenían un vínculo político pero yo sólo tenía amistad (…) A mí me metieron unos cables por la boca, me metieron en una poza sin fondo donde me mantuvieron dos días, me rompieron el seno… Estuve tres días en coma. Las torturas eran encerrarme en una sala y enseñarme fotos de mis hijos, de mi casa”.

Mari permaneció encarcelada siete meses por agentes del Estado colombiano. “Hubo una vez que le dije al juez que llevaba mi caso que no era guerrillera, pero que después de aquello yo creo que sí iba a serlo”. Miembros del sindicato y del Comité de Solidaridad con los presos políticos la ayudan para mejorar sus condiciones como reclusa. En Colombia todos los servicios básicos en las cárceles se compran mediante sobornos: desde una manta, alimentos mínimamente comestibles, llamadas telefónicas o una celda más segura. Cuando fue puesta en libertad, los responsables sólo le dijeron que había sido un error. Mari no llevó a cabo un proceso judicial contra el crimen de Estado sufrido por temor a represalias contra su familia. Una de las estrategias de impunidad más eficaz y empleada por el aparato estatal a lo largo de la historia.

“Después de eso me dio un bloqueo, no quería pensar en ello. Dejé a mis hijos y me fui para romper con todo eso, por la seguridad de mi familia”. Mari necesitaba no pensar en lo vivido, no pensar en nada. Sólo sentía rabia. Escuchó a compañeros de la USO que en la mina de El Cerrejón estaban intentando montar un sindicato y pidió que hicieran las gestiones necesarias para que pudiera trabajar allí. Disfrazada de hombre, arrancaba carbón de las paredes de la mina de sol a sol en aquella penumbra. En el campamento donde dormían el resto de los mineros, sus compañeros sindicalistas, los pocos que sabían quién era, la ayudaban a mantener oculta su condición de mujer. “Yo decía que no quería ni dormir, quería hacer algo fuerte. Me sangraban las manos y no lo sentía. Me metía en los túneles con los obreros, cogía la carreta y el pico y nadie entendía por qué era tan dura para el trabajo. Quería sacarme toda la rabia que tenía dentro por lo que me habían hecho”. Hasta que enfermó y sus compañeros, por protegerla, –”por el patriarcado”, apostilla ella– la asignaron al área de administración. “Allí tenía acceso a todos los datos de los trabajadores. Yo sacaba la información. Y allí conocí a mi compañero sentimental, Héctor. Y con él y otros compañeros, construimos el sindicato Sintracarbón”.

Eran los inicios del apogeo de la minería en Colombia que con el actual gobierno de Juan Manuel Santos ha estallado convirtiéndose en una preocupación nacional. Más del 40% del territorio nacional –450.000 kilómetros cuadrados, casi la superficie total del Estado español– está asignado o solicitado por empresas mineras dedicadas a la extracción de carbón, oro, níquel y otros minerales, localizados en muchos casos en parques naturales, páramos donde afloran muchos de los acuíferos del país, así como reservas de territorios de campesinos, indígenas y afrodescendientes. Todo ello en un país donde el acceso a la tierra sigue siendo la gran cuestión pendiente: el 77% está en manos del 13% de la población, de los cuales una oligarquía integrada por el 3,6% son propietarios del 30% del territorio nacional.

Empresas multinacionales que en algunos casos se han aliado con los grupos armados para acceder al territorio, reprimir la resistencia de sus pobladores y desplazarlos, aplastar sus reivindicaciones laborales y asesinar a algunos de sus líderes sindicales. Además, el paramilitarismo, el narcotráfico y, en menor medida, la guerrilla de las FARC han encontrado en las minas una vía muy barata para blanquear el dinero procedente de la exportación de la cocaína: lo retornan presentándolo como beneficios de la explotación y tributan menos de un 4% al Estado. Colombia, un país que duplicó su PIB y el gasto público en los últimos veinte años, que sólo redujo la pobreza extrema en un 2% y que sigue aumentando el abismo entre pobres y ricos hasta encontrarse entre los cinco con mayor desigualdad en el mundo.

Por aquellos días, Mari debatía con Héctor si tenían o no el niño del que estaba embarazada: “Fue discutido hasta políticamente, yo no quería porque a una mujer la amarra mucho. Y él me dijo que él sería el papá y la mamá, ‘porque es fácil construir un líder hombre, pero no una lideresa mujer. Y yo no le puedo quitar a esta lucha social una dirigenta como tú’. Y así fue”. Sin embargo, también recuerda que “como toda sociedad machista, me pusieron de secretaria en el sindicato. Pero aunque me peleé mucho eso, también me permitió acercarme a las mujeres y exigir a la empresa que las contrataran en el área del carbón, no sólo para la cocina. Empezamos a hacer la defensa del territorio frente a las multinacionales y a vincular las comunidades con el sindicato”.  Colombia es también uno de los países más peligrosos para los sindicalistas: según las Naciones Unidas, más de 2800 han sido asesinados desde 1984 y el 99% de los casos siguen en la impunidad. De hecho, durante la constitución de Sintracarbón, cuatro compañeros de Mari fueron ejecutados y, Héctor, presidente del sindicato, sufrió dos atentados de los que salió milagrosamente con vida. Por eso, una vez más, Mari, acompañada por su familia, tuvo que huir de pueblo en pueblo mientras los paramilitares aliados con el Estado, les pisaban los talones. Hasta que decidieron volver a Barranquilla para casarse y encontrar algo de paz. Un par de meses después, Héctor moría en un extraño accidente de tráfico.

Sin embargo, en los útimos quince años Mari ha seguido luchando por la justicia social, construyendo colegios, fomentando el asociacionismo y formando en la denuncia social en las comunidades de desplazados de Barranquilla, la segunda ciudad que más familias ha recibido por el azote del paramilitarismo.  Ahora, a sus cincuenta años, Mari se perfila como candidata del Polo Democrático a la Cámara de los Representantes a través de la organización Poder y Unidad Popular. “Las mujeres tenemos que ser más actuantes y este país requiere de mujeres berracas, que se impliquen en procesos fuertes para construir una vida digna, un buen vivir. Y eso no se consigue tan fácil aquí en Colombia. Y lo último que me queda por hacer es participar en procesos políticos. No quiere decir que todo los procesos que han sido mi vida hayan dejado de ser políticos. Al contrario. Pero también los procesos en los que he estado nos han hecho madurar y reflexionar sobre la importancia de hacernos las disputas también en las instituciones, no sólo desde el poder popular en las comunidades, el territorio, sino que tenemos que incursionar en la vida institucional.  Yo fui la más radical de las abstencionistas, pero todas esas comunidades que pensaba que también lo eran como yo, mentira, las coptaba la derecha por el hambre, con un billete, con una prebenda. Y oiga, ¿no será que si llegamos nosotros a la institución podremos hacer más que eso porque no lo haremos como favor sino como deber? Necesitamos actuar en lo político. Ojalá que en cinco años si estoy viva, que yo sí creo, pudiéramos otra vez conversar sobre si valió la pena pelearse lo institucional”.

Mari sigue recibiendo serias amenazas de muerte, pero por ahora se resiste a llevar escolta y coche blindado. “El día que yo no pueda ir a las comunidades, entonces sí habrán acabado conmigo”, reflexiona. Eso no significa que no tome precauciones como no encontrarse jamás en espacios públicos con sus hijos o su madre porque entre sus deberes hay uno que Mari siempre tiene presente: “Nuestra primera obligación es estar vivas. No nos podemos dejar matar”.

En esta entrevista que duró más de tres horas y que les ofrecemos en estos dos vídeos, conocemos a esta mujer que irradia alegria y que relata por primera vez muchos hechos de su vida a modo de testamento “por lo que me pueda pasar”.

 

 

 

2 Comments

  1. Verdaderamente impresionante! Qué fortaleza, qué valentía. Ya es momento de que mujeres como Mari salgan a la luz. Gracias, compañera!!

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  2. Respeto. Esta preciosa mujer sí es alguien a quien admirar, alguien muy berraca además de noble

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