Patricia Ariza: “Con las mujeres aprendí cómo convertir en el teatro el dolor en fuerza”

Entrevista y texto: Patricia Simón Vídeo: Alex Zapico (Bogotá)

Una mujer acaricia las prendas de su marido colgadas de la pared mientras rememora cómo bailaban cuando llegaron los paramilitares. Unos forenses rebuscan en las entrañas de un cadáver de un sindicalista asesinado mientras hablan de las cuitas cotidianas. Un inabarcable genio como el dramaturgo Santiago García les exhorta dese una pantalla gigante a los asesinos que nadie puede robarle el derecho a la alegría. Y el público contenemos la respiración mientras la historia de violencias estructurales de Colombia se pasea entre nosotros, rozándonos, interpelándonos hasta, por momentos, sentir el aliento de la muerte en la nuca.

El arte inconfundible, el que atraviesa, desbroza y remueve las certezas, el que te deja sin aliento para que la razón tenga que buscar en el corazón y en los argumentos inexplorados para explicarnos, ese arte cargado de entrañas, tierra y sed de humanidad, es el que atraviesa los patios y salas del Teatro La Candelaria una noche cualquiera. Y como centro motriz, con una fuerza solemne, como cordillera que es en sí misma historia y atemporalidad, Patricia Ariza. Dramaturga, actriz, escritora. Artista. Con el aplomo de la verdad de la piedra. Con las alas y los matices que sólo el arte despliega. Mastica las palabras y sentada ante la cámara, sin apenas moverse, da lecciones de tablas.

Nacida en una familia que tuvo que desplazarse por la violencia, su padre, tallador de muebles para la iglesia del pueblo, tiene que empezar a trabajar en una fábrica. Se sentía frustrado, pero cantaba, y “despreciaba el dinero”. Patricia recuerda cómo un día, para demostrarlo, hizo un rulo con los billetes de su sueldo y le metió fuego. “Me parece maravilloso que lo haya hecho. Duro porque era el dinero de nuestra comida. Pero fue un gesto que me marcó para toda la vida porque estaba diciendo que el dinero es el enemigo de los seres humanos. Y yo lo sigo creyendo”, resume Patricia.

A los quince años se escapa de casa después de que las monjas la expulsen del colegio interno en el que estudiaba. Había cometido el imperdonable error de escribir un diario sobre una relación ficticia con un teniente. Entonces se enroló con un grupo de artistas iconoclastas y existencialistas llamado nadaísta. Ya en la universidad ingresaría en las Juventudes Comunistas. “En mi vida siempre han estado esas dos partes, una profunda sensibilidad artística y el activismo político”. Allí conoció al que sería gran parte de su vida su compañero sentimental y padre de su hija, el dramaturgo Santiago García, con quien además fundaría este teatro y compañía.

“Y ahí me enrolé con el teatro de una manera activista, integral, como diría Gramsci: construir el teatro casi físicamente, estar en las manifestaciones…. Participé en la última invasión (toma) del Barrio Policarpa Salavarrieta. Hubo que tomarlo físicamente. Una señora se lo había dejado a los pobres, pero fue muy duro porque llegó la policía, hubo heridos. Fue como mi primer enfrentamiento. Cercaron el barrio, pero quedó pegado a un hospital, al que abrimos un agujero y los estudiantes de medicina vinieron a curar los heridos. Finalmente la tierra quedó para la gente que se la tomó”, recuerda Patricia.

En los años 80, el teatro social de La Candelaria se convertiría en un referente continental. “Hacíamos un teatro muy popular, teníamos convenios con los sindicatos, con los estudiantes…. Hasta entonces no había un teatro independiente. Venían de España con zarzuelas donde iba la élite, que era la dueña de la cultura”. Las salas y compañías alternativas empezaron a florecer por todo el país hasta conformar la Corporación Colombiana de Teatro, un gremio que llegó a alcanzar un protagonismo sin precedentes en el país. “El teatro se convirtió en el sistema nervioso de Colombia”.

Poco después Patricia se convertiría en la responsable de cultura de la Unión Patriótica, un partido político resultante de las negociaciones de paz entre el gobierno y las FARC en 1985. Cuatro mil militantes y concejales serían aniquilados en los siguientes años en un proceso considerado de genocidio político. Exguerrilleros, pero también intelectuales, profesionales, artistas, campesinos… empezaron a ser asesinados uno por uno a lo largo y ancho de todo el país. Patricia se vio obligada a vivir con escoltas y con un revolver en el bolso, incluso durante las actuaciones. Su hija adolescente tuvo que exiliarse en Cuba donde continuó sus estudios. Patricia cayó en una profunda depresión de la que saldría gracias a las personas sin hogar con las que empezó a hacer teatro. “Fue fantástico, me sumergí en ese mundo, iba a donde estaba la gente de la calle sin ningún ánimo de caridad cristiana, sino porque me interesaba mucho entender ese mundo. Ellos me curaron la depresión”, repite varias veces a lo largo de la entrevista.

“Hicimos una obra que presentamos en el teatro más importante, el Jorge Eliécer Gaitán (candidato presidencial cuyo asesinato en 1948 desató la indignación de los sectores populares y el periodo conocido como La Violencia),  y logramos que fuera la gente de la calle. Pero hubo mucha prensa lo cual fue una tragedia porque en este país la prensa busca la pornomiseria y eso lo daña todo (…) Pero entonces lo dejé porque me di cuenta de que el teatro sólo no puede cambiar el mundo. También hicimos un documental porque aquí se les llama “desechables”, una condena a muerte del lenguaje. Primero condenas con el lenguaje y luego es muy fácil matar a la persona. Y aquí el paramilitarismo empezó con lo que llamaban ‘limpieza social’, matar gente de la calle como entrenamiento. Entonces íbamos preguntándole a políticos por qué les llamaban ‘desechables'”, recuerda Patricia en la misma sala donde hace unas horas desbrozó la compostura del público, trajo de vuelta a la vida a los muertos y nos forzó a todos a convencernos de que nadie tiene derecho a robarnos la alegría, como nos interpelaba Santiago García desde la pantalla. El mismo que sigue pasando sus horas en

“Pero entonces lo dejé porque me di cuenta de que el teatro sólo no puede cambiar el mundo”. Poco después empezaría a montar performances con Jael Quiroga, superviviente de la Unión Patriótica y la concejala que llevó el caso del genocidio político ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. “En todo ese trasegar me volví feminista por la solidaridad de las mujeres. Empecé a estudiar, a entender y a hacer teatro con las mujeres. Yo soy como una mesa de tres patas que nunca está derecha: soy feminista, revolucionaria y artista”. Y añade: “Con las mujeres aprendí cómo convertir en el teatro el dolor en fuerza”.

Ahora, ha vuelto a militar en la Unión Patriótica aunque afirma que nunca aceptaría un puesto político. Observa con esperanza las negociaciones de La Habana: “No podemos dejar que se levanten de la mesa por nada del mundo. Tengo dos preocupaciones, la ambivalencia del presidente que no es claro, creo que es un poco prisionero de los militares. El establecimiento quiere una paz gratis, exprés, quiere un proceso de paz con solución militar. La solución política es entender cuáles son los orígenes, que el Estado de conflicto es un estado alterado, resolverlo jurídica y políticamente. Este país está muy enfermo porque a diferencia de los del Cono Sur, ha habido muchos muertos, desaparecidos, pero no ha habido una dictadura. Aquí hay más muertos, más desaparecidos, pero en una democracia perfecta, con unos presidentes muy cultos, que van a la Ópera… Un día hacen una declaración incluso humanista, otro día levantan una mano cortada de un guerrillero como los deportistas cuando ganan una copa. Uno dice en qué país estoy viviendo, con qué clase de élite estoy conviviendo. La paz no es lo que sucede en La Habana, la paz es solucionar lo que ocurre en el Catatumbo, lo que ocurre en el territorio. Y me parece muy triste que no estén ni la cultura y ni las mujeres en La Habana. Si la sociedad no interviene no hay nada que hacer. La participación política aquí se confunde con participar en elecciones. Se trata de que yo pueda participar en los presupuestos de la cultura, y estoy hablando dentro del capitalismo. Aquí es una democracia tan restringida, no hay esa posibilidad. Yo no creo en la paz exprés, tiene que haber un pensamiento de fondo, porque aquí la insurgencia es silvestre y después pueden aparecer montones de guerrillas otra vez. Porque la situación en el campo no tiene salida, no hay carreteras, no hay nada. Trabajar honradamente, sembrar yuca y sacarla, es imposible. Entonces, resolver eso es la paz”.

 

 

 

 

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